COMENTARIO A "LA CONQUISTA Y EL SILENCIO COMO ACTO DEL LENGUAJE"

Estimado Sirio, he leído con mucha atención tu texto "La Conquista y el Silencio como acto de lenguaje". En mi comentario trataré de ser lo más sistemático posible:

1.- Tu texto es el núcleo, un primer impulso de una mirada crítica que reactiva la importancia del diálogo y la conversación en un encuentro transcultural. Al no ocurrir la dialéctica de la intercomunicación, se interrumpe el encuentro con el otro y se produce el fenómeno de la otredad. Negar, silenciar, avasallar, invisibilizar la presencia, genera sospechas, resentimientos y desconfianzas. Es imposible que no surja entre las partes encontradas, la soledad y el sentimiento de exclusión.

Me he recordado de Octavio Paz en las disquisiciones que hace en El laberinto de la soledad. Deduzco que los conquistadores impidieron que el indígena, ante su arremetida basada en su poder militar y en el Evangelio, impidieron el desarrollo de la conciencia de identidad del indio. Esta nebulosa se traspasó al criollo y hasta el día de hoy es una interrogante permanente, que caló en la idiosincrasia del criollo, del mestizo y del afrodescendiente. No solo se “chingó” el indígena, sino y simultáneamente el colonizador. Así, la soledad se convirtió en una “pena” que paga una condena anticipada.

He aquí el epígrafe de Paz, extraído de un texto de Antonio Machado, que a mi parecer sentencia muy bien lo ocurrido con la renuncia obligada -por decisión del poderoso- a romper el silencio y a considerar, como iguales, la razón subyacente en la ausencia en cuanto todo ser humano posee voz, el bien más preciado de la sensibilidad y de la inteligencia. Machado, dice: “Lo otro existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en “la esencial heterogeneidad del ser”, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno”.

2.- Los dichos “Quien calla, otorga” y “Los ausentes nunca tienen razón”, tú los ajustas a una dimensión de sentido en el contexto del mundo indígena y te basas en la hipótesis de que la comunicación -que se dio o no se dio entre los indígenas y los conquistadores blancos- fue absolutamente desigual, imposición de la voz del amo sobre la del esclavo. En mi condición de lector desde esta modernidad ya en decadencia, educado en la escuela conservadora tradicional (predominantemente española, anglosajona y francesa), y habiendo hecho un esfuerzo de observación que muy pronto me hizo cambiar las coordenadas de esa lógica de “militar victoriosa” (el “poder viene de Dios”), a través de la historia se va descubriendo que los dichos de marras tienen interpretaciones ceñidas a la gramaticalización de la oralidad de acuerdo a los usos y costumbres en boga. Es decir, dichos que se usaban para hacer calificaciones éticas para el buen comportamiento familiar, escolar y socialmente reducido. Estos dichos me han recordado a uno de mis abuelos. Me decía “quien no opina, no tiene de qué arrepentirse”. Aquí la base del argumento es el pecado, la falta, el dolo, la preconcebida mala intención del interlocutor.

3.- De tu texto me surgen algunas interrogantes ¿Cuánto tiempo demoró la interculturación idiomática entre colonizadores e indios? ¿Fue esta dificultad una situación insalvable, siempre en detrimento del indio o ambos se vieron enfrentados al desafío de romper la barrera del idioma del otro para construir el puente idiomático y superar la otredad? ¿hasta qué nivel de presiones y necesidades, el indio utilizó el no decir para decir? ¿Incomunicación o ejercicio de resistencia a base de la sagacidad indígena y de la audacia del colonizador? ¿Hasta qué punto el indio fue un silente, a pesar de haber practicado o seguido “una suerte de cristianismo indio”? Me atrevo a pensar que el indio adoptó la estrategia de seguir el juego lingüístico y hasta religioso del conquistador, pero nunca cedió al olvido de sus costumbres, mitos, poesía, experiencia organizacional y política. Pienso que la “veleidad” del indígena fue siempre más sofisticada que la “fe racional” del español. Así surge la riqueza del lenguaje barroco, especialmente en artes y literatura Si no pudieron hacer más fue porque la batalla era demasiado desigual frente a la maquinaria europea, en un territorio todavía inabarcable.

4.- El año pasado me correspondió evaluar una tesis de doctorado bajo el título de “El desplazamiento de la imagen del cristiano colonial desde el conquistador hacia el indio”. En una de sus preguntas, la doctoranda se preguntó: Si existiera una inversión o superación del binarismo colonial ¿qué sucedería con la conformación identitaria del continente? En algunos párrafos desagregados de la hipótesis, se plantea: “La construcción discursiva tanto del indio como del conquistador, obedecen a representaciones que emanan de la hegemonía y con el claro objetivo de mantener el poder político y económico. Solo mediante la representación del cristianismo colonial, los límites categoriales se difuminan, permitiéndole a la oposición colonial cierto movimiento dialéctico e incluso la superación del binarismo maniqueo. El cristianismo indio está ligado a la naturaleza de los nativos, por lo tanto, más que una moral o dogmas occidentales es una forma de vida que no requiere institucionalización, reglas ni ritos”.

Se puede concluir, entonces, que el silencio del indio fue una protesta permanente, un rechazo, una manifestación del carácter y personalidad que tuvo que disponer para salvaguardar su ethos cultural.

Tu texto, Sirio, inspira otros comentarios, que dejo en estos momentos hasta aquí, para seguir conversando… Sin duda que, desde la filosofía del lenguaje y en función de un fenómeno histórico como el de conquista y colonización, interroga y obliga a situar, en su justo lugar, la apreciación de los hechos para concordar que de “Iberoamericanos” no tenemos nada, excepto una Gramática y una Biblia; de “latinoamericanos” un poco menos, sin borrar la revolución francesa y la americana; y sí, mucho de Suramericanos en las vivencias de una cultura mestiza, incluidos por cierto los afrodescendientes.

Pepe de la Fuente, 14/06/20



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