EL PODER MÁGICO DE LA PALABRA

La palabra es una llave. Una vez nombrada o escuchada abre un cajoncito de nuestro inconsciente y sale una emoción que me llevará a sentir y actuar de una determinada manera. Es una forma sutil de vibración que, tal como se comunique, y en qué contextos, activará una especie de programa que hemos incorporado como nuestro, y pasaremos a recrear una realidad de serie. Alquimistas del Medioevo ya conocían sus secretos. Las religiones también.

“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1).

En el Antiguo Testamento, la palabra de Dios es a menudo personificada como una herramienta para la ejecución de la voluntad divina (Salmo 33:6, 107:20, 119:89, 147:15-18). En la antigua Grecia, el Logos era comprendido como el canal entre el mundo material y el espiritual. Y siguiendo este recorrido, los mantras sagrados de la cultura budista producen vibraciones que modifican nuestras emociones, y así nuestro cuerpo físico. Son sanadoras. ¿Casualidad?

La aparición de la palabra escrita nos conecta con la consciencia del pasado, así nace la historia: nuestra historia como humanidad. Un salto evolutivo sin precedentes. Son numerosos los autores literarios que comparan el poder de la palabra frente a las armas, siendo la primera mucho más eficaz a largo plazo. En el capítulo 38, el Quijote tiene un curioso discurso acerca de este tema. Y esto es reconocido tanto por literatos como por militares. El mismo Napoleón Bonaparte había dicho: "Cuatro periódicos hostiles son más de temer que mil bayonetas".

Si se fijan, estamos gobernados por la palabra: La constitución, un contrato laboral, un papel de defunción, de casamiento, de nacimiento, de divorcio, la hipoteca. Lo que dice la palabra va a misa. Los medios de comunicación, la cultura, la educación y los discursos políticos, o los actuales influencers, moldean nuestros comportamientos, y así nuestros destinos, ejecutando esta incalculable energía que evidentemente crea la materia.

Provechosamente no nos enseñan esto en la escuela, solo se empecinan en que repitamos el dictado, que recojamos información del manual antes autorizado por el Ministerio; y si analizan el formato de la hoja que usa todo estudiante, verán que hay un cierto interés para que nunca nos salgamos del margen y que lo hagamos derechito, y por eso el renglón. Por no hablar de la famosa etiqueta... Sin duda, la palabra es un código de programación que una vez verbalizado adquiere un poder, y una vez escrito, otro... Una suerte de invocación. Pero ¿qué pasaría si usáramos este poder en nuestro provecho?

Foto autorizada por la escritora


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