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FILOPOIESIS. 5 AÑOS DE MEMORIA POIETICA.

Escrito por Nelson Rodríguez



Tal vez, hablar de memoria poiética, nos remite a un juego. Tan simple como inocente, para jugar con las palabras, para permitirnos encontrarnos en aquel espacio que recordamos, que no estuvimos y queremos estar o un espacio en el que queremos vivir-nos. Incluso y, quisiera asumir un riesgo, de entender esta memoria poiética sin el binarismo pasado - presente, sino en un espiral que nos va, nos viene y nos lanza permanentemente a un porvenir desconocido, pero al que asumimos incluso sin ver, o si la memoria fuese además, un mirar de otro modo que vemos e incluso no sabemos.


Y es que no creo que exista personas sin memoria. Incluso en la en una mente sin recuerdos, retazos, fragmentos o imágenes cruzan nuestra vista, nuestro olfato, gustos y tal vez, todos los sentidos. De este modo, una persona sin memoria, no es una persona sin luz; Como diría Jaques Derrida, tampoco podría un ciego decir que carece de luz. La memoria poiética es un modo de jugar. De entrar a considerar cuántos de nuestros sentidos están implicados en mirar la vida, el recorrido, lo por recorrer y lo que deseamos en estos mismos.


Si la memoria fuera jugar con mitos. Tal vez el mito por el que la palabra se hizo carne, para habitar entre nosotros, pueda ser un poco menor, para lo que soñamos aún con el colectivo que somos. Porque primero fue el estallido social, aquel movimiento cansado de las injusticias que sostiene el neoliberalismo. Cansado decidió moverse a las calles; bailar, gritar, cacerolear, creer, arrancar, reunirse, cantar, rayar pintar; cuántos cuerpos moviéndose. Luego, la pandemia y el encierro. Si, los cuerpos apartados de encuentros, cuerpos invadidos del rocío de desinfectantes; enfermos en los hospitales, muertos en los hospitales, funerales en soledad. En todas estas experiencias, la agitación del cuerpo buscando construir una palabra.


Entonces el mito puede ser al revés: entonces el cuerpo, la carne fue a la palabra y habitamos entre nosotros. Sentir, pensar fue lo que nos reúne, en la política de la amistad, con rostros conocidos, desconocidos, por conocer y conociendo. Cuerpos en definitiva abriendo caminos a la creatividad, para hacer an-danzas en la historia de nuestras culturas, pueblos, lugares al son de palabras que nos desvelan, develan y marcan.


Diferencia y unidad; sentir y disentir; canto, poesía, novelas, ensayos, nos mueven y conmueven para seguir. Filopoiesis la reunión de los que desean crear. Una creación que va desde el arte a la cotidianidad, desde la creación intelectual a la conversación de una mesa, porque es la reunión de los cuerpos, que desean cuidarse, protegerse y quererse, de la abulia, la distopía de los poderosos, de los acomodados a los sistemas que por economía se retraen a sus mansiones para expulsar de sus reinos a los que queremos convivir.


Filopoiesis nace como una flor. Los cuerpos tiemblan, se remecen, se buscan, se tocan para dar a luz un color, una palabra, una sonrisa, una espada o un fuego que arda en nuestros pechos. Añuñucas en la ciudad, en los barrios y también en quienes desarrollamos trabajo en las aulas escolares o académicas. Añuñucas, porque de amor haremos florecer el desierto.


Tal vez Filopoiesis tiene la historia del amor trágico del copihue. Filopoiesis mira atento y atenta las configuraciones que estremecen la cultura y el alma de los pueblos. Pues muchas de esas historias, hechos y fenómenos, nos atraviesan el corazón. Pero de algún modo asumir esas muertes y ese dolor, nos obligan a levantarnos en flor, roja, para llenar de vida, de luz o entendimiento. Casi como una mano solidaria los y las integrantes del colectivo escriben, levantan la voz, el cuerpo en nuestros pechos obligan nacer a la palabra, esa palabra que reúne, que busca encuentros. No precisa la analítica, ni la lógica, sino busca construir en el mismo sentido que un copihue, encontrarnos en la vitalidad del símbolo, para reconocernos en lo que de país, cultura, sociedad y humanidad nos falta.


Filopoiesis es el continuo nacer de un árbol. La permanente búsqueda de crecer lento como una Araucaria, para encumbrarse alto, tan alto como sus raíces, tan alto como puede ser una razón que se aleja de su jerga colonizadora, para mirar tan desde arriba, como tan desde abajo y profundo la sensibilidad de los pueblos, para cuidar, para no olvidar, para renacer y para que en voz humilde reúna el canto de los que no tienen voz.


Filopoiesis, tal vez sea un árbol, como el Quillay, como el Peumo que en sus follajes se tornan un océano verde y entre sus olas, el canto de un zorzal escondido entre las ramas, para que el canto de chincolitos o gorriones revuelvan a la ciudad en un canto que dice: cuidarnos. En las horas que el mundo y Chile se enfrenta a políticas de olvido, autoritarismo, al flagelo de la herida provocada por los poderosos, nosotros, nosotras, los de Filospoiesis, como en un océano verde, como el canto de un pájaro entre las ramas urdimos palabras, textos, imágenes, para reunirnos una y otra vez en el querer, en el cuidarnos.

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