GONZALO ROJAS, POESÍA EN FIN DE MUNDO


Cuando leí a Gonzalo Rojas, me atrapó a la primera letra. Confieso que su Obra poética completa fue mi libro de cabecera por un buen tiempo, a estas alturas dimensionar el mundo en el que me sumergí con él me resulta difícil de precisar. En esos años yo participaba de encuentros y recitales poéticos y más de alguna vez me tropecé con Gonzalo Rojas como un principal invitado, incluso en una oportunidad visitó el liceo donde yo trabajo, pero no tuvimos interacción porque fue una visita fugaz y hubo un absurdo protocolo que no propiciaba la cercanía con el público. En otras oportunidades fui especialmente a verlo y oír hablar sobre su trabajo, y alguna vez le pregunté por el motivo de cierta sequía poética, cuestión que le incomodó, entonces noté la diferencia entre el hablante y el poeta, había uno que me seducía y otro que era más bien un poco hosco en el trato. Más tarde coincidimos en la pinacoteca de la Universidad de Concepción, en aquella ocasión fue muy asequible y conversamos de forma relajada, era el año 1998 y la universidad le había hecho un homenaje que se llamó “Gonzalo Rojas y el relámpago” que fue un ciclo de actividades en torno a la figura y obra del poeta. Creo que fui a ese homenaje porque la palabra relámpago unida al nombre del poeta despertaba en mi imaginación juegos al más puro estilo pirotécnico, casi rockero.


Gonzalo Rojas nació en Lebu, a unos 50 km de mi pueblo y aunque allí vivió tan solo hasta los cuatro años, las imágenes que guardó su memoria emotiva siempre estuvieron muy ligadas a estas tierras, especialmente a los inviernos crudos y aguaceros violentos. Una vez le oí recitar el poema Carbón y no pude dejar de emocionarme al oír una voz ronca y fecunda que le daba a cada palabra la figura precisa y vivencial de lo que es nuestra provincia, donde muestra su apego al hogar que fue, a la Ítaca que permanece intacta en el recuerdo: “Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir/mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,/lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,/cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento/como una arteria más entre mis sienes y mi almohada… Es él. Está lloviendo. / Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor/a caballo mojado. Es Juan Antonio/Rojas sobre un caballo atravesando un río. / No hay novedad. La noche torrencial se derrumba/como mina inundada, y un rayo la estremece...” (Poema Carbón).


Y había sido antes, cuando explicó acerca de la palabra relámpago, “Voy corriendo en el viento de mi niñez en ese Lebu tormentoso, y oigo, tan claro, la palabra “relámpago”. -Relámpago, relámpago”. Y voy volando en ella, y hasta me enciendo en ella todavía. Las toco, las huelo, las beso a las palabras, las descubro y son mías desde los seis y los siete años; mías como esa veta de carbón que resplandece viva en el patio de mi casa. Es el año 25 y recién aprendo a leer. Tarde, muy tarde. Tres meses veloces en el río del silabario. Pero las palabras arden: se me aparecen con un sonido más allá de todo sentido, con un fulgor y hasta con un peso especialísimo. ¿Me atreveré a pensar que en ese juego se me reveló, ya entonces, lo oscuro y germinante, el largo parentesco entre las cosas?” (Ars poética en pobre prosa).


¿Cómo un poeta se hace poeta? Una pregunta que supone una respuesta difícil. Se dice que Chile es un país lleno de poetas. Sí, los hay por cientos, especialmente en el sur de nuestro país, el sur de Gonzalo Rojas, de Pablo Neruda y Jorge Tellier, tierra de lluvias, relámpagos y oleaje violento. A casi todos, la lluvia nos vuelve hacia adentro y así, me imagino al niño Rojas tejiendo su ADN poético con el viento arrebatado de este extremo dejando una impronta imborrable en su poesía hasta el fin.


Sí, el relámpago resume la intensidad, la agonía y el dramatismo de la poesía de Gonzalo Rojas, el relámpago que ilumina la tormenta y nos permite ver por un instante, los techos blancos de las casas, la lluvia iluminada flameando en el cielo oscuro, antes del sonido, la transformación de aquello que no se alcanza a decir de tanta brevedad luminosa contenida.


(Foto autorizada por Biblioteca Municipal de Lebu para uso de poeta Zulema Retamal, en artículo originalmente publicado por Revista Compluteca N°71, 2014)


Gonzalo Rojas me seduce con aquella palabra que a veces es silencio y que es atrevimiento puro, descarnada presencia del Eros y Tánatos en una lírica poderosa que muestra una voz terrestre y sublime en un despliegue de versos donde el mundo está contenido y es al mismo tiempo la síntesis de lo que el poeta fue. Declaro que una vez sumergida en la citada Obra poética completa, no pude soltarlo. Era mi libro nocturno que me atraía cada vez más, comparaba esta poesía desenfadada, atrevida, erótica y genuina con su personalidad más bien adusta y no me resultaba compatible, aun cuando era conocido por sus cercanos como un eterno admirador y amante de la belleza femenina y de la cual nunca se puede sustraer: “Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la piel a los vestidos/ turgentes, desafiantes, rápida la marea,/pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones/y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle/y echan su aroma duro verdemente(… ) Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería/de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile/de las calles veloces. Hembras, hembras/en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos/para sacar apenas el beso de la espuma”. (Poema Las hermosas).


También estuve embrujada por la palabra venida de sus viajes remotos, aquella antología me permitió pasear por lugares exóticos y volver a reconocer palabras sugerentes, con Quedesim quedeshot entré en el mundo del hablante al otro lado del mundo y del tiempo: “…Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con/su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la/esculpían marmórea y sacra como/cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas/del puerto, o en Cartago/donde fue bailarina con derecho a sábana a los/quince; todo eso…” Otras veces, comprobaba la influencia de Cayo Valerio Catulo en sus decires: “la besé áspero, /la lastimé y ella igual me/besó en un exceso de pétalos, nos/manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas/Cádiz adentro en la noche ronca en un/aceite de hombre y mujer que no está escrito/en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la/imaginación me alcanza.”


También quedé iluminada en la Oscuridad hermosa:” Anoche te he tocado y te he sentido/sin que mi mano huyera más allá de mi mano,/sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:/de un modo casi humano/te he sentido./Palpitante,/no sé si como sangre o como nube/errante,/por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,/oscuridad que baja, corriste, centelleante./Corriste por mi casa de madera/sus ventanas abriste/y te sentí latir la noche entera,/hija de los abismos, silenciosa,/guerrera, tan terrible, tan hermosa/que todo cuanto existe,/para mí, sin tu llama, no existiera”.


O me paralicé cuando lo oí recitar Al silencio, “ Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,/todo el hueco del mar no bastaría, /todo el hueco del cielo, /toda la cavidad de la hermosura /no bastaría para contenerte, /y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera /oh majestad, tú nunca, /tú nunca cesarías de estar en todas partes,/porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, /porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, /y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro”.


Gonzalo Rojas, a lo largo de su vida, recibe numerosos premios, uno de ellos fue el Premio Cervantes el año 2003. Su nombre luce en una placa, entre otros prestigiosos, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. En su pequeño pueblo natal Lebu o Leu Fu en lengua mapuche, fue declarado hijo Ilustre dos veces, el año 1975 y 2003. Fue exiliado en 1973 y vuelve a radicarse en Chile el año 1994 en la ciudad de Chillán hasta el fin de sus días. En Chile, durante las últimas décadas se incorporan textos suyos en la enseñanza regular, por lo tanto, viene al caso el sabio proverbio que dice “nadie es profeta en su tierra”. En España hay un conocimiento y entusiasmo bastante extendido hacia él, así me lo comentaba un joven estudiante de Filología de la universidad de Alcalá que había asistido a una lectura del poeta en esa casa de estudios y enfatizaba la admiración despertada en ellos, así como también la actitud llana y cercana del poeta con los estudiantes, la cual era sorprendente.


Pero qué hace que esta habitante de fin del mundo escriba sobre Gonzalo Rojas? La respuesta es tan simple como decir que sé del relámpago que iluminó sus primeros años, sé del viento venido de los mares sureños, del desamparo de la luna y de la soledad del mundo y aludo aquí a lo que el poeta dice en el poema Los letrados: “Ya los quisiera ver en los mares del sur/ una noche de viento real…”


Finalmente digo que la literatura tiene que provocar al lector, la palabra dicha o insinuada debe seducirnos, ningún desocupado lector puede quedar indiferente ante ella, porque allí también hay una parte del individuo, tal vez aquello que no se dijo antes y que de pronto se traduce en significado nuevo porque logró introducirse de manera oportuna hacia nuestra sensibilidad a veces ocupadas en lo banal de una existencia que soslaya las áreas que todos tenemos en común. A Rojas hay que conocerlo y disfrutarlo, nadie permanecerá indiferente a sus palabras luego de adentrarse en sus dominios.

Zulema Retamal, poeta. Arauco año 2014, Chile.

30 Premios Cervantes, Revista Compluteca N° 71, 2014

IES Complutense, Alcalá de Henares, España.

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