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Nº1_2022. FERNANDO CERVANTES RADZEKOV

Autoanonimato


Dentro de sus ansias de eternidad, comprendió que, sin un talento natural llevado al prodigio, nada podía hacer para quedarse en la mente de los hombres. Descubrió un día por casualidad, en el viejo librero de su padre, una enciclopedia de grandes escritores, libro que, veía los retratos, bustos y fotografías que perpetuaban la efigie de sus creadores; entonces quiso ser como ellos. En sus primeros intentos tuvo una corazonada de que ése no era el camino para él, pero fue necio. Años más tarde, sus múltiples intentos en talleres y cursos reafirmaron que, por más que practicara, no lograría pasar del montón.


Sus torpes escritos no podían sostenerse por sí solos ni en la mancha de tinta ni entre los blancos surcos que nutrían sus ideas. A pesar de las mejorías, ningún relato hizo retumbar la imaginación de sus lectores. Sus pocos amigos y familiares lo miraban con cariño melancólico, como si fuese un niño que, por enfermedad terminal, no podrá nunca madurar.


Un día, por mero juego, se instaló en la plaza pública con un vetusto ejemplar de mitología griega, también conseguido en la biblioteca familiar. Entonces comenzó a leer en reversa. ¡Otro intento más dentro de sus reiterativos planes fallidos para alcanzar la fama! Sin embargo, esta vez dio en el blanco o más bien, siguiendo su ejemplo regresivo, el blanco dio en él. Levantó el asombro de los transeúntes. De ahí pasó a las tertulias locales, luego fue el objeto novedoso de reseñas y análisis dentro del mundillo selecto de los críticos de su época, esos contemporáneos que, en sus primeros intentos, lo despreciaban rotundamente.


Sus cuentos antes tan comunes, cotidianos y mundanos, cuando los adaptó a su versión inversa se transformaron, según quienes leyeron sus obras, en textos crípticos, misteriosos y llenos de un esplendor. Ya no reflejaba las ideas del escritor sobre un fondo blanco, sino que se volvieron ventanas negras para ver al otro lado del mundo ilusorio del papel. Contrario a los grandes escritores, quienes leían sus cuentos no disfrutaban de la interpretación del mundo según el escritor, sino un espejo de obsidiana que les mostraba sus propios terrores, esperanzas y sueños efímeros, así que encontraron rápida aceptación entre un público cada vez más ansioso de leerse.


Pero su mayor prodigio fue su condena. De tanto conocerse a sí mismos, el vacío era lo único que quedaba. Asustados de tal revelación, furiosos arrojaban el libro y negaban sus primeras impresiones. A pesar de todo, había logrado su cometido, pues en la nada eterna ahora se hallaba su nombre.


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