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Nº1_2022. HÉCTOR OLIVERA

TITIVILUS


Había llegado el día glorioso del Apocalipsis. En el gran salón ajedrezado, la jauría de demonios aullaba y se agitaba como una ola maligna. A Satanás le costó hacerse oír y respetar ¡había tanta soberbia junta! Raudo, el Príncipe de los Infiernos despachó cargos, jerarquías y funciones. Recibieron los diplomas acreditativos, entre otros:


Abigor, demonio superior, Duque de los infiernos, hermoso caballero que lleva lanza de estandarte y cabalga sobre un monstruo alado. Manda sobre sesenta legiones infernales. Conocedor del porvenir y los secretos de la guerra.


Abraxas, demonio coronado al que se le invoca con la fórmula de Abracadabra.


Agares, Gran Duque de las regiones del este del infierno. Comandante de treinta y una legiones infernales. Otorga propiedades, poder, títulos, incita al baile y enseña todos los lenguajes. Monta un cocodrilo y lleva un halcón en su puño.


Agramon, demonio del miedo.


Aini, Duque infernal con tres cabezas; la primera de serpiente, la segunda de hombre, con dos estrellas en la frente, y la tercera de gato. Monta una serpiente y carga un atizador flameante con el que causa destrucción.


Alocer, Gran Duque de los infiernos, caballero cornudo con cabeza de león. Mando sobre treinta y seis legiones. Su caballo con patas de dragón es enorme. Enseña los secretos del cielo.


Alouqua, demonio femenino, súcubo y vampiro, que conduce a los hombres al suicidio.


Y así, hasta setenta y dos demonios. Satanás estaba agotado. Al fondo de la sala quedaba un demonio, diríase que tímido, pues bajaba la cabeza y no se atrevía a acercarse a la tribuna infernal desde la que el Príncipe de las Tinieblas había otorgado poder y maldad a sus subalternos.


-¡Usted, venga aquí! –ordenó El Maligno-. ¿Cómo se llama?

-Ti…, ti… vilus –balbuceó el demonio en un susurro, sin levantar la vista del suelo.

-No le oigo. ¡Coño!

-Titivilus para servirle a usted –se presentó el demonio con modestia.


Satanás no estaba seguro que fuera un demonio auténtico, no era la primera vez que se les colaba un intruso. Cuando San Mamés, que iba siempre borracho, sustituía a San Pedro en las funciones de portero celestial solían producirse aquellas asignaciones falsas.


El Maligno levantó el flequillo de crines de la frente y comprobó que no aparecía la cifra reglamentaria del 666 que certificaba su denominación de origen infernal. ¡Demonios, un gazapo!


-No llevas inscrito el número de la Bestia –se encaró Satanás con Titivilus.

-Sí lo llevo, pero no en la frente.

-¿Dónde? No lo veo.

-En el pompis –se sonrojó Titivilus.


¡¿Qué?! ¿Qué clase de demonio trapero era aquél que no podía pronunciar la palabra culo? Y antes de que Satanás pudiera replicar nada, estupefacto ante semejante gazmoñería, Titivilus, rojo de vergüenza, se bajó los leotardos de estampado felino y le mostró la cifra apocalíptica grabada a fuego en la nalga izquierda.


“Pues sí, es un demonio”, se dijo a sí mismo, El Maligno. Nadie lo diría: el rabo entre las piernas, las alas caídas, los cuernos desconchados; y aquella actitud apocada. El tipo daba realmente pena. “¡Pobre diablo! Qué desplazado que se debe sentir entre tanto insolente”, pensó Satanás, que comenzó a sentir compasión por Titivilus.


-Alteza, yo también quiero hacer el mal…, si puede ser –solicitó con humildad el demoniete.


Satanás consultó en su cartapacio. A cada demonio se le había atribuido el causar un mal concreto a la humanidad. No quedaba cargo ni función alguna para aquel rezagado.


El Maligno se compadeció de su actitud timorata y a la vez suplicante. Le rompía el corazón a cualquiera. ¿Qué flagelo podía poner en las manos de aquel desgraciado?


-Tú, Titivilus, tendrás el poder de…, el poder de….

-¿De qué? Satánica Majestad.

-De provocar erratas y faltas de ortografía. –se le ocurrió de pronto a Satanás.

-Gracias, gracias, Gran Cabrón. –Se iluminó de alegría el rostro de TitivIlus que no paraba de besar las pezuñas de Satanás.

-¡Basta! No me gusta que me babeen –simuló severidad el Maligno- ¡Lárgate!


Con qué poca cosa había hecho feliz a aquel demoniete, pensó el Príncipe de los Infiernos, congratulándose con sus propios actos, mientras recordaba con nostalgia su época de ángel caído. ¡Hay que joderse! En el día del Apocalipsis, había hecho la buena acción del día y, además, le acababan de hacer un calvo a él, ¡a Satanás!

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