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Nº1_2022. ROBERTO ARIAS GUADARRAMA

El perseguidor



Eso es a lo que debe llegar el pensamiento:

a abolirse.

ROBERTO CALASSO, El cazador celeste



1


Acodado sobre el alfeizar de la ventana, primero escuchó la voz en su cabeza. «¡…!». No hubo más. Inútil habría sido preguntarse el origen de aquel imperativo. El estremecimiento que vino después, sin embargo, habría sido sutil y casi imperceptible si no hubiera descubierto al sujeto observándole desde el otro lado de la calle. Su gesto, anodino y liso, apenas lograba distinguirse entre la oscuridad que caía sobre la fachada del edificio. Su mirada no desprendía emoción alguna, pero su persistencia y su evidente falta de vergüenza rápidamente le inquietaron, provocándole aquel ríspido estremecimiento. Procurando no delatar su turbación, Emilio Montinari arrojó la boquilla del cigarro desde el último piso del edificio. Luego, cerró la ventana y la cortina de muselina, apagó la luz y se quedó paralizado en medio de la habitación. Aunque la calle no era estrecha, sabía que aquel sujeto —aquel sujeto al que nunca había visto en su vida— aún estrellaba la vista contra su ventana. La incertidumbre dilataba las probabilidades, pero la duda no aparecía por ninguna parte…


2


Algunas semanas después, el estado nervioso de Emilio Montinari ya había sufrido cambios a todas luces irreversibles. La voz en su cabeza era ahora un martillo que le trituraba el pensamiento sin descanso. Por si fuera poco, lo que días atrás aún se mostraba como una tonta posibilidad, pronto se había transformado en una terrible certeza: el sujeto de la ventana de enfrente le observaba desde el otro lado de la calle. Y no conforme con eso, ¡también había comenzado a seguirle por doquier! Tardes atrás le había descubierto a varios metros de distancia sobre la calle del Ministerio, y apenas esa misma mañana los cuerpos se habían acercado tanto al cruzar los desgastados adoquines de la plazuela, que sus nervios simplemente no lo habían soportado, crispándose violentamente. Aun así, los verdaderos efectos de su abatimiento no aparecerían hasta caída la noche, cuando de vuelta a casa sintió aquella mirada de buitre quemándole la espalda. Aguzada su ansiedad, de pronto Emilio Montinari echó a correr. Su movimiento fue tan repentino y cortante que una bandada de pichones amagó con levantarse en vuelo. Después de arrastrar su sombra por laberínticas y mal iluminadas calles, sus pasos alcanzaron la vieja estación. Para entonces, Emilio Montinari resollaba, delatando su lamentable condición física. Decidió montarse al tren cuando al fin descubrió que aquella figura, chaqueta y sombrero en mano, todavía le buscaba a la distancia. El tren emprendió la marcha, y el mundo entero se trashojó del otro lado de la ventana…


3


Una voz le despertó. Se trataba de la misma voz que desde hacía algunas semanas vivía para atrofiarle el juicio, solo que ahora las palabras resultaban inconexas, cuando no inextricables. De pronto, parecía como si la vieja radio de su cabeza captara la señal de otro pensamiento, un pensamiento que de a poco decidía abandonarlo. Un súbito descubrimiento cortaría para siempre con la frecuencia de todas sus cavilaciones: algunas butacas de distancia, un hombre repantingado sobre su asiento. El sombrero le cubría el rostro. Las probabilidades se dilataron y se comprimieron de golpe. Parecía improbable, pero ¿acaso era imposible? Aún sin decidir el destino de su próximo movimiento, Emilio Montinari se levantó de su butaca, descubriendo —no sin horror— que la figura de enfrente también se enderezaba, como en un juego de espejos que se mueven. Por un momento las pupilas se encararon, reflejándose a sí mismas. Pero el acto duró poco menos que un suspiro, porque de bruces, aquel sujeto que sin duda alguna era el mismo que había visto en la ventana de enfrente, dio media vuelta y emprendió la escapada. Antes de siquiera ponderar la situación, Emilio Montinari se lanzó tras él. Piernas y manos le temblaban a causa de un ardor inusitado. En un santiamén, la persecución se trasladó del tren, que apenas rozaba las faldas de la última estación, a las entrañas de un solitario bosque. Una de las sombras se detuvo de golpe, intentando descubrir si al fin había logrado escabullirse por completo, pero la noche era tan espesa y tan denso el pelaje del bosque, que sus ojos no lograron discernir más que una aterradora e indescifrable oscuridad. Algunas hojas secas crujieron a varios metros de distancia. El agitado sujeto reemprendió la escapada. Su ritmo era febril y enérgico, pero los pasos que le pisaban los talones de un momento a otro parecieron impulsados por la fuerza de un inusitado animal. Los cuerpos corrieron por tiempo indefinido, hasta que la alfombra del bosque terminó de desdoblarse y el mundo frente a sus ojos se convirtió en un hoyo negro, abierto frente a un acantilado. Acorralada, una de las sombras dio media vuelta, para rápidamente descubrirse en la mirada de aquel extraño. A pesar de nunca haber cruzado palabra alguna, le bastó con dibujarse en sus ojos para dar por sentada la plenitud de sus intenciones. El bosque les observaba, atento. Era tanto el suspenso que no podía dejar de estremecerse. El acorralado dio un par de pasos hacia atrás. Muy pronto sus talones sobrevolaron el vacío. La sombra de enfrente hizo lo propio, acortando la distancia. La respiración terminó de acompasarse. El contacto fue ineludible. Tras largos segundos de forcejeo, una de las siluetas cayó al abismo. El perseguidor no dudó un segundo, y se arrojó tras la existencia de Emilio Montinari.


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