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RESEÑA: UN VERDOR TERRIBLE

Escrita por José de la Fuente


Un verdor terrible

Benjamín Labatut

Editorial Anagrama. Barcelona.

Decimosexta edición, 2020.


Estimados lectores y lectoras, en esta ocasión comparto con ustedes un libro de doscientas catorce páginas. En ninguna parte se dice a qué género pertenece ¿es inclasificable? En la contraportada, se indica que todos los textos incluidos son narraciones singulares y fascinantes. La editorial lo publica en el ámbito de “narrativas hispánicas” y agrega que su hilo conductor es la ciencia. No siempre las motivaciones y delirios de los científicos concluyen en sus descubrimientos y aplicaciones ¿para quiénes esto podría ser perturbador? Se opta por seguir una huella, imaginar una hipótesis, realizar ciertos experimentos, despejar ecuaciones e intentar no desfallecer en el recorrido de lo insondable para la inteligencia.


En este libro, dice Anagrama/editor, “la literatura explora a la ciencia, la ciencia se convierte en literatura”. Entonces yo, irónico o resignado lector, puedo inferir que en estas páginas todo es un embuste y una tergiversación o al revés. Pero no. Aquí la literatura, en tanto ficción como acceso a pensar las ideas y a situarnos en la realidad, replantea y potencia la miseria humana y lo que la ciencia realiza en su propio plano, recurriendo a las matemáticas para indagar en la naturaleza y en todas sus manifestaciones que los legos suelen interpretar apelando al sentido común. Antoine de Saint-Exupéry, nos confiesa: “he aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver; lo esencial no es visible a los ojos”.


Con la información que disponemos, Banjamín Labatut, el joven autor chileno nacido en Roterdam (1980), nos da entender que “los libros son parecidos a los laboratorios de los científicos locos o de los alquimistas”. Declara que él no es filósofo ni pensador; afirma ser un escritor que sigue sus intereses, sus obsesiones y sueños, dándole la misma importancia a las ciencias que a la irracionalidad.


Una de las preguntas centrales, situados en la virtualidad y en los avances tecnológicos actuales es la siguiente, sin excluir ninguna herramienta para acceder al conocimiento: “¿cuándo dejamos de entender el mundo? En distintos pasajes de la obra, en relación con las biografías y los descubrimientos de los físicos, el narrador de Un verdor terrible, nos va aproximando, entre conceptos y metáforas, al pensamiento de los investigadores y a sus propias digresiones. Si entender es imposible, lo cual negaría todo lo avanzado en la historia de las ideas, cómo podríamos configurar modelos de sentido accesibles a través del lenguaje; si no fuésemos capaces de describir los hechos del mundo, no podríamos deslindar los lenguajes de las distintas disciplinas y menos establecer correspondencias entras las fuentes del conocimiento. Las metáforas y las conexiones mentales en el caso de los surrealistas, abren horizontes a la imaginación, pero no necesariamente arriban a resultados a través de la práctica. En efecto, la pregunta central del autor-narrador, no es posible situarla en un tiempo determinado, menos en un antes y en un después del presente. Nada es más rudimentario que tener visiones simplistas de la literatura y buscar refugio solo en la dialéctica del presente. En el apartado final del libro, a modo de excurso de cierre, aparece una especie de nota de reconocimientos y concluye con referencias históricas y bibliográficas de diferentes artículos y autores. Este espacio rompe con la entrega tradicional de una novela, también de un reportaje y de ensayos de libre discurrir sin citas y notas específicas. Además, en el entresijo del texto, hay cuentos, observaciones políticas, pasajes biográficos de ficción y también leyendas sobre el uso de algunas aplicaciones en el campo de la química, vinculada a la ética y a la política como es el relato inicial “Azul de Prusia”.


Esta organización de los materiales, permite señalar que esta obra es una forma híbrida, sincrética, rupturista y traslapada en su composición, hiperbólica, deconstructiva, enfocada en personajes reales y que exige, tanto a su narrador como al proceso de lectura, una mínima familiaridad con las complejidades de la ciencia contemporánea. Por otra parte, es una novela basada en indagaciones científicas que no admite ninguna novedad estética ni perspectiva narrativa. El autor-narrador agradece a Constanza Martínez por su contribución,

cosa que no tiene relevancia frente a lo que se enumera en adelante:


1. “Esta es una obra de ficción basada en hechos reales”.

2. En “Azul de Prusia”, se declara que hay solo un párrafo ficticio, donde el cianuro y otras sustancias resuelven la desesperación existencial, la responsabilidad social y el suicidio de jerarcas nazis.

3. El resto de los capítulos, el modo de pensar científico y el relato, es fiel a las elucubraciones de los investigadores.

4. Todo es ficción sobre lo que se cuenta de Shinichi Mochizuki, protagonista del capítulo “El corazón del corazón”. En el epílogo, se destaca el Jardinero nocturno como único personaje literario.


En otros espacios el autor ha declarado que “la tecnología es una trampa mortal para el hombre”, de la misma manera que protege de una pandemia, sumerge a la humanidad en guerras, hambre, redes sociales, pobreza y destrucción de la naturaleza ¿qué puede liberar a la humanidad ante estas evidencias? ¿el azar? ¿la voz de las artes? ¿la magia? ¿la democracia que a nivel mundial es muy desigual y hasta manipulada? Entre los siete capítulos que estructuran el libro, los protagonistas son políticos, individuos sin importancia colectiva y científicos universitarios con sus ideas y aplicaciones. Se anticipa el siguiente epígrafe: “(…) We rise, we fall. We may rise by falling. Defeat shapes us/ Our only wisdom is tragic, known too late, and only to the lost” (nos levantamos. Nos caemos. Podemos levantarnos al caer. Derrota a nosotros/ Nuestra única sabiduría es trágica, conocida demasiado tarde y solo para los perdidos).


En síntesis, en el capítulo I “Azul de Prusia”, se habla sobre el pigmento sintético descubierto en el siglo XVIII por el alquimista Christianus Democritus, quien buscando el elixir de la vida, motivó las investigaciones de Fritz Haber, padre de la guerra química, cuyas drogas luego serán utilizados por los nazis en los campos de exterminio. Hermann Göring, el disfrazado de Nerón, adicto a la dihidrocodeína, se suicida reventando una cápsula de cianuro en su boca. Los nazis recurrían a las drogas para sobrevivir a sus delirios, para matar y matarse. Su producción se hace en centros académicos: pervitin, cianuro, ácido sulfúrico, ácido prúsico, arsénico (de seductor verde esmeralda), jabones, insecticidas, gas sarín, gas cloro, nitrógeno, gas mostaza, etc.


En el capítulo II “La singularidad de Schwarzschild”, se relata la vida de este personaje que fue astrónomo, físico, óptico, matemático, pionero de la teoría cuántica y teniente del ejército alemán. Su singularidad consiste en haber demostrado que el espacio y el tiempo se desgarrarían algún día, con todos los objetos del espacio vueltos locos saliendo de su órbita y succionados por los agujeros negros. La fuerza de gravedad curvando el espacio en forma infinita, hasta convertir el cosmos en un abismo sin escape. Consecuencia inestable de la teoría de la relatividad: todo desaparecerá comprimido en un espacio reducido ¿si ya no hay límite cómo saber que los hemos traspasado?


El capítulo III “El corazón del corazón”, es el turno de los científicos matemáticos; según el autor/narrador, aquí es todo ficción, menos el matemático Shinichi Mochezuki, a quien se le atribuye el intento de develar las estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos y cómo surgen sus soluciones. Demostró la conjetura anabélica y la a-b-c sobre cada cuerpo numérico. Novelescamente, el geómetra quiso entender lo imposible. Dicen que Shinichi sucumbió a la maldición de Alexander Grothendieck, matemático importante del siglo XX, quien tenía devoción por escribir de manera compulsiva. El corazón del corazón es una entidad ubicada en el epicentro del universo matemático, del cual casi nada se conoce, salvo sus lejanos destellos. Después de no poder responder a sus propias preguntas sobre los horrores de sus “comprensiones”, se dedicará a la ecología, al complejo militar-industrial y a la proliferación de armas nucleares. Se transforma en un mendicante y se asume como pobre. Funda el grupo Sobrevivir y Vivir, edita una revista sobre el medio ambiente y el narrador lo ironiza diciendo que “cagaba en un balde para reducir el impacto de la contaminación del planeta y luego iba de granja en granja repartiendo la mierda como fertilizante”.


El capítulo IV es intentar responder a la pregunta “Cuándo dejamos de conocer el mundo”. Se plantea la controversia entre los físicos Werner Karl Heisenberg y Erwin Shrödinger. Se parte con la pregunta qué es la vida y qué hay en el interior de los átomos, cuál es su estructura e intentar poner un orden en el caos del mundo cuántico. A Heisenberg lo inspiró la sangre de Hafez, un poeta fantasma en medio de sus estados febriles. Le producía vértigos pensar en las consecuencias de sus descubrimientos sobre el átomo y las dificultades para explicarlos. Muchos científicos, después de alucinaciones y pesadillas, llegan a concebir la incertidumbre (el fin del determinismo) después de sentirse arrastrados por imágenes y metáforas de la poesía. Bohr afirmaba que hay un límite absoluto sobre lo que podemos saber del mundo. No es posible llegar a un conocimiento similar al de Dios ¿qué podemos conocer? Solo predecir muchos caminos posibles elegidos por azar. Einstein se niega a aceptar esta cambio o percepción tan radical. El Epílogo “El Jardinero nocturno” es una alegoría sobre la función y el para qué de la ciencia. A veces, la habilidad de la naturaleza es algo desbordado y fuera de control. El Jardinero nocturno se pregunta cuánto le queda de vida a su limón, es decir, al planeta que lo sustenta. No hay forma de saberlo, solo cortando el tronco y mirar sus anillos.


 


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