SOBRE LA POESÍA, LAS PALABRAS Y EL SILENCIO

Las palabras del buen poema -del poema que refleja la buena forma- no son palabras en el sentido de que tienen toda la forma y apariencia de palabras, pero no fungen estrictamente como tales. Por ese motivo, cualquier forma poética que logra transmitir la sensación, ese estremecimiento que da el rozar con el poema -lo que un buen creador de haikus llamaría el aware, nos informa que hemos tenido alguna clase de contacto con la totalidad a través de esas palabras que no son tales.


La palabra poética es independiente de su sonido como fenómeno físico e independiente de su significado lógico, intelectualmente atrapado, por ejemplo, en la tautología de un silogismo. Como una vibración del Todo silencioso, la palabra poética es la visión directa de la Libertad, sin ninguna clase de intermediario, sin estar atrapada entre significados, doxas o fenómenos físicos. Es el mismo caso de una pintura que tenga escrita una palabra cualquiera: uno podrá leerla como se leen las palabras en el presente texto, pero no es ese su sentido en la pintura no es esa su función. Nadie puede leer una palabra pintada, así como no puede poner flores en la pintura de un florero. Así, la palabra ha quedado liberada de su carga semántica para dejar de significar por sí misma, y pasar a significar en el ecosistema del texto: conexionada desde el texto, con el Todo.


La palabra del poema es un hecho de la generosidad del Todo… algunos pueden hasta ver una voluntad divina en ello. Como sea, la palabra poética es la salida del Todo de su mismidad absoluta para que nuestra conciencia pueda empezar a entender la disolución de su propia mismidad fantasmática (la conciencia), abriéndose al vacío que se le expande por delante entre las líneas del poema… tal como Claude Debussy explicaba: la música no está en las notas sino entre las notas, así sucede con la tinta impresa, con el decir poético. Es ver, en el poema, el tajo que expone entre los labios de la herida del silencio -la blancura del papel sobre el que se escribe-, al silencio mismo que el blanco de ese papel invoca… leer entre líneas: leer dentro del texto: intus legere… de donde deriva el término ‘inteligencia’ y que poco tiene que ver con funciones intelectuales, si no, más bien, con la intuición de una realidad más abarcativa y profunda que la propuesta por el racionalismo. No olvidemos, en este sentido, que no es en vano que Palas Atenea, nacida del cerebro de Zeus y diosa de la ciencia y la razón, tuviera entre sus atributos a una lechuza (en rigor, un mochuelo), esto es: la capacidad de ver en la oscuridad, renegando del iluminismo racional que Occidente siempre le atribuyó a la cultura griega e invocando con esto a la inteligencia de lo que no es “claro y racional” y se esconde entre concepciones mágicas y esotéricas que siempre se han mezquinado y escondido del llamado “prejuicio racional griego”.


Va de suyo, por otra parte, que, si la palabra en el poema no es estrictamente una palabra, sino el fantasma de una palabra, la palabra en el poema tampoco dice. No argumenta. No razona. No saca conclusiones. No establece relaciones causales. Uno puede encontrar todos estos elementos escritos en el texto de un poema, pero como tales no constituyen un verdadero uso de la palabra. Los poemas -sus palabras- no pueden ser usadas para decir nada… No podemos solucionar ecuaciones, ni sacar conclusiones prácticas. No podemos estar en desacuerdo con lo que se dice en el poema ni tampoco estar de acuerdo. Uno puede encontrar relaciones entre los términos de una metáfora, pero no relaciones causales… se trata de dos momentos indisolublemente ligados en una unidad absoluta dentro del poema, pero nunca un sistema causa-efecto.


Según dijimos, el silencio es aquello que ocurre cuando nos enfrentamos a la totalidad. De manera que el silencio que el poema dice no es dicho, sino que es proferido. Adquiere formas para asaltarnos, emboscarnos… se transforma en cálculos y elucubraciones, pero siempre es otra cosa. Las palabras del poema dicen el silencio, no dicen “cosas”. Eluden la materialidad, la gravedad de lo existente. La palabra del poema está sostenida por la totalidad y pertenece a ese mundo, no al nuestro. Es como la flor del cerezo en un haiku: está allí, es hermosa, tiene color, presencia, nos embelesa. Nos sorprende una mañana y le cantamos el terceto de un pequeño poema japonés… pero no es algo que pertenezca a nuestro mundo, sino que pertenece al cerezo… y el cerezo pertenece a todo el Universo y no a nuestra percepción.


La expresión japonesa furyu monji, literalmente significa “no depender de palabra ni texto”, denotando el concepto Zen según el cual las palabras no pueden transmitir una comprensión profunda de nada… principalmente porque no hay cosas…cosas que conocer o que transmitir intelectualmente. Y así, en una poesía no hay palabras, sino fantasmas de palabras: espectros que deben adquirir alguna forma. El poema es una vibración del Todo, esto es: una vibración del Silencio. Sin llegar a ser una negación del Silencio, sí es una negación de la quietud que se asocia comúnmente con el Silencio: es el golpe que se da en el tronco del cerezo para que lluevan pétalos. Es que la quietud no tiene forma: es el contenido en sí mismo: no se muestra y por lo mismo, no necesita de forma. La quietud del silencio no existe para ser vista, sino para ser intuida. Pero si la totalidad se perfila desde la totalidad, desde sí misma, hacia ese exterior donde reside nuestra conciencia, buscando el fin de tener un “sí mismo” desde la perspectiva humana y sensoria, requerirá de alguna forma a través de la cual pueda contactarse y entonces tomará la forma de una palabra… palabra en la que hay creer antes que ponerse a leerla.


Porque la poesía requiere de la fe… De esa misma fe de la que se alimenta la creencia… en este sentido: la fe como acercamiento a lo que no necesitamos ver para saber que está allí. Como Miguel Ángel, que ya veía el Moisés en el bloque de mármol antes de dar su primer martillazo...


(Imagen de pixabay.com)

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