SUS MANOS SON EL PARAÍSO

Romina Zuliani


Todo comenzó con una caricia suave sobre mis labios,

Sinceramente me vibró el cuerpo como cuando vibra una cuerda ante el tacto de un compositor.

Me miró fijo y pronunció lentamente "hoy vas a entrar en un mundo nuevo". Y así fue.

Así comenzó la escena más excitante y provocadora de mi vida.

Sus manos se dispusieron a su labor, suaves y tersas se deslizaron desde mí cuello hacia mis hombros, atravesaron mi vientre y se dirigieron hacia mi vagina, a través de un puente deseante imaginario.

Allí se detuvieron sus dedos largos y luego se bañaron en su saliva. Es exquisita la imagen de sus dedos introduciéndose en su boca y mojándose de ganas de mí, indescriptible tanto como lo que siento ante su tacto. Una vez sobre mi sexo nuevamente, comenzaron a prender en mí un fuego ingobernable. Me hizo esperar, bordeo suavemente mí zona erógena, con una ternura implacable y con una paciencia inmoral. Minutos después acarició hermosamente mí clítoris y de a poco comenzó una danza interminable de movimientos rítmicos y metódicos. Eran tan perfectos y milimétricos que pensé ¿estará contando? Luego de un largo tiempo su lengua se depositó en mi fuente ya encendida por la pasión y sin pensarlo me hizo gozar como si conociera mi intimidad, así como cuando se meten en tu interior y te arrebatan los pensamientos, no me extrañaría que en algún momento de descuido lo haya hecho, es un hacker de la sensualidad.

Me besó el cuerpo con una furia amante tan irresistible, que como nunca antes muté en río y mar a la vez. Fui pura agua, sensible y liviana, fluida y cálida. Sentí por vez primera un orgasmo insaciable. Sentí que había conmovido algo en mí, que hasta mis recientes 30 años ningún hombre conmovió. Comprendió mi cuerpo y mi deseo como si fuera la partitura de una melodía y la tocó con tanta delicadeza y amor que ejecutó una obra maestra. Trabajó sobre mi sexo como un artesano de lo erótico. Fue, en fin, un ardiente amante.

Lo miré y lo besé, me entregué a él por completo. Mi cuerpo estaba tan inflamable, mi sentir tan frágil y vulnerable, que solo pude decir "si el paraíso existe, creo que está en tus manos".



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