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TEXTOS DE HORACIO RAMÍREZ. SELECCIÓN COLECTIVO FILOPÓIESIS

CUANDO SEAMOS NIÑOS


Las naranjas olerán de nuevo, cuando seamos niños. Te lo prometo. Y el silencio se parecerá un poco al alma y brillará el sol en los rincones del patio. Nos dará miedo la noche, cuando seamos niños (y la Luna será un secreto que nos diremos en voz baja).


Seremos melancolía de invierno y contagiaremos con aburrimiento de siesta a las veredas baldías.


Soñaremos que trepamos al árbol y, ya en lo alto, soñaremos con la tierra... Y ya en el suelo soñaremos el verde olor del pasto y soñaremos al cielo y al sol que se abren como la copa de un árbol.


Veremos a la tarde llover en la ventana, cuando seamos niños. Y la lluvia olerá rara: olerá a humedad apacible, a amistosa lejanía de barrio.


Seremos la sombra del sol, cuando seamos niños. Seremos la sosegada alegría de las cosas viejas en sus rincones, enseñando a esperar: la radio, los juguetes, el mar.


Y veremos al mundo hecho de inexplicable sustancia: Un mundo sin nostalgia, desdibujando esperanzas en muecas de olvido.


Descubriremos el infinito en una calesita y el final en una mirada de la abuela. Maquinita de maní, manzanas con caramelo, algodón de azúcar y rositas de maíz, será todo el acertijo que entrañará la simple tarde de invierno y de domingo.


Robaremos ciruelas sin miedo al castigo... Y escondidos tras la pila de ladrillos nos reiremos impiadosos de las siestas del vecino.


Y la sombra del naranjo amargo dirá la vez que te quise robar el misterio de un beso y que fue la única vez que nos pusimos serios.


Y así, día tras día, en una de esas noches de adiós y de incierta tristeza, seremos niños que juegan a dormir. Será una noche que huela a jazmín y a madreselva.


Será una noche tibia, de cuentos largos y sueños lindos...

Y vendrá tu voz, papá...

Y vendrá tu mano, mamá...

Y entonces estará todo bien. Te lo prometo.

 

LA IMPORTANCIA DE LA DIFERENCIA


La igualdad

A todos, en algún momento, nos ha pasado: usamos una cinta adhesiva transparente y tras un corte limpio de la misma, el extremo de la cinta se adhiere de nuevo al rollo y lo perdemos de vista. Lo ponemos a una luz más intensa tratando de ver en los reflejos la ligera marca del extremo extraviado. Pero a pesar de las vueltas que le damos, no lo distinguimos. Probamos entonces con la uña del pulgar o del índice intentando sentir el más ligero desnivel. En una de esas vueltas nos pareció sentir que la uña había captado algo. Lo llevamos a la luz de nuevo y nos ponemos a rascar para ver si logramos levantar alguna puntita aunque sea y, a partir de allí, poder levantar el extremo perdido de la cinta... ¿Qué nos faltaba para poder recuperarlo? Una diferencia, en este caso, visual o táctil, que nos informe acerca de dónde había quedado la punta buscada.


Supongamos, ahora, dos rectángulos. Uno, pongamos por caso, verde y el otro rojo. Ambos están en contacto por uno de sus lados. ¿Cómo los distingo entre sí? Aunque la respuesta más obvia podría ser “por los colores”, existe una respuesta más esencial: los distinguimos porque los colores son diferentes. Y diferentes entre sí. Este detalle tiene una importancia muy grande, porque en nuestro hábito de concebir la realidad en términos de “cosas”, queremos creer que una diferencia es una cosa, y esa perspectiva epistemológica -esa manera de crear realidad- puede llevarnos a preguntar: entre la mancha verde y la roja ¿dónde está esa “cosa” a la que llamo “diferencia”? ¿En el rectángulo verde? ¿En el rojo? ¿En algún punto entre el verde y el rojo?


La realidad es que esa diferencia no está en ningún lugar y este principio epistemológico pone en jaque nuestra intuición inicial. Sin embargo, algo pasa que nos indica que su accionar es realmente efectivo y existente. En efecto: la diferencia entre el verde y el rojo nos ha permitido distinguir, por principio, que existen los dos rectángulos. Nos ha generado información: éramos unos que no conocíamos ambos rectángulos y ahora somos otros que sí conocemos a ambos cuadrados porque hemos distinguido la diferencia. Aquí nos topamos con una interesante definición de información que nos dejó Gregory Bateson: “...lo que entendemos como información -la unidad elemental de información- es una diferencia que determina una diferencia (a difference which makes a difference) en un proceso posterior”.

Con este término de “información” debemos tener cuidado: lo que suele tomarse como unidad de información es la que es válida en informática, y es el bit de información, que equivale a la selección entre dos alternativas que tienen el mismo grado de probabilidad de existir. El sistema binario utiliza el 1 ó el 0 para tal fin... el problema es que, si atendemos a la definición de Bateson, la información no es el bit conteniendo ya sea un uno, ya un cero, sino la diferencia que existe entre el uno y el cero. Si da un uno o un cero, se generará en mí una diferencia relacionada con el uno o con el cero que hayan sido revelados, y eso es la información a partir de la diferencia entre ambos dígitos... pero el bit en sí no modifica nada en mí, por lo tanto, no es una unidad de información, sino la diferencia entre los números de la alternativa binaria.


Así como la diferencia produciendo una diferencia ulterior en otro sistema, la llamamos información, resulta inevitable razonar por la contraria que, como vimos con el ejemplo de la cinta adhesiva, sin diferencias no hay generación posible de información. Por un lado, es interesante ver que la información no es igual a energía: no es algo que fluye por cañerías, cables, por Wi-Fi o cualquier otro medio físico. La información no fluye: se genera. No es algo “material”. Cuando yo distingo las diferencias entre algo y su contexto (cuando capté una diferencia que generó en mí una diferencia), genero información, lo que me permite reconocer figuras -los rectángulos de colores, por ejemplo- de un fondo, y a lo que llamamos usualmente “cosa”: me cambió, generó cambios en mi: un cambio que genera otro cambio: una diferencia que genera diferencia, es decir: información.


En biología


Ramón Margaleff -patriarca español de la Ecología tradicional- se pregunta: ¿por qué la vida no “optó” por la continuidad de su materia -como un gran protoplasma sin discontinuidades-, en lugar de fragmentarse en diferentes organismos? Y también se pregunta: ¿por qué la vida optó por la división en dos sexos, pudiendo reproducirse por simple brotación asexual, sin necesidad del “trámite” de la sexualidad? Aunque en su principal libro sobre Ecología no ofrece respuesta a estos dos interrogantes, entrevemos fácilmente, a la luz de lo antedicho, que la respuesta es que a partir de, por ejemplo, las diferencias existentes entre una bacteria, un dinosaurio, una ballena y una palmera, se generan en el ecosistema las diferencias que le permiten al entorno generar información: la diferencias entre los organismos genera las diferencias en el entorno y esta diferencia tras una diferencia es lo que llamamos información.

Como consecuencia, las diferencias en el entorno desencadenan nuevas diferencias en su relación con los organismos, los que se deben ajustar a los recientes cambios del entorno. Y al cambiar los organismos, el entorno debe reajustarse a su vez a los organismos... y así sucesivamente, en una escalada de cambios y reajustes. El entorno -biótico y abiótico- se informa acerca de su propia naturaleza apelando simultáneamente a la perspectiva, por ejemplo, de un pez abisal, a la de un águila, a la de un gusano o a la de un Hombre. Y así como para Ortega y Gasset todas las miradas de la Humanidad constituyen la mirada de Dios, toda la sensibilidad de todos los animales y sus propios procesos (sean de animales o no) le generan al planeta la información que necesita para seguir estabilizado y seguir funcionando como sistema vivo. Y con él, al Universo entero, ya que la Tierra es un planeta que vive, y que al Universo le pertenece: él vive gracias a la Tierra, por ser éste un planeta vivo.

La falta de diferencias, por el contrario, entre los organismos agostaría más temprano que tarde, la riqueza informacional de la materia viva y de la no viva y ambas decaerían informacionalmente hasta extinguirse: el organismo dejaría de serlo para el entorno y el entorno ya no puede ser entorno de ningún organismo. El planeta moriría... y el Universo con él (en el improbable caso de que sea el nuestro, el único mundo vivo del cosmos).


Algo parecido pasaría con el problema planteado por Margaleff con el material genético y la sexualidad. Al respecto, comenzamos aclarando que el ADN no “contiene” la información genética del organismo. La información, lo decimos una vez más, no es una cosa, sino que es una especie de “algo” que se genera a partir de la recombinación del ADN durante la fecundación, para lo cual hacen falta la diferencia que aportan los sexos: las diferencias entre dotaciones genéticas de ambos sexos, obliga al ADN a confrontarse consigo mismo y a reconocerse, pero no en su “igualdad” (lo dijimos: la igualdad no genera información) sino a partir de sus diferencias. El material genético resultante en el hijo resume la información generada a partir de la diferencia entre un sexo y el otro. Porque lo masculino es diferente a lo femenino, siendo ambos de la misma especie, es que la especie se reajusta a sí misma generando información a partir de las diferencias existentes entre los organismos parentales tras la fecundación. Este reajuste lleva a diferencias en las crías que llevan a generar información en el ecosistema, manteniendo activo al conjunto como un todo integral. De esta mutua generación de diferencias nace, también y desde ya, la posibilidad de la evolución biológica.


En nosotros, las diferencias que se generan lo hacen porque nuestros sistemas nerviosos seleccionan diferentes variables según condicionamientos psicológicos y psicosociales, pero no nos separamos de lo visto: a la vez que generamos información en nosotros respecto del entorno, conformamos una unidad. Obviamente, resulta difícil -para no decir absurdo-, hablar de unidades indivisas mientras sigamos creyendo y creando separaciones del tipo “organismo y entorno” o “sujeto y objeto”. Decimos, al mismo tiempo que las dividimos, que las diferentes unidades constituyen “una sola unidad”, pero es algo que se nos presenta de modo anti-intuitivo. El problema es que rebajamos nuestro pensamiento de múltiples niveles de abstracción al nivel del lenguaje hablado... un lenguaje con una capacidad de “vuelo” relativamente muy bajo. De hecho, el lenguaje funciona por la vía de la digitalización, de las unidades que llamamos “palabras”: la vía de la división en elementos a su vez disociados y vinculados mecánicamente por una gramática... aunque siempre habrá un poeta que tratará de evadir esta limitación, afortunadamente.


Por su parte, la sociología, la psicología social, la teoría de la comunicación, la ecología, etc. son los recursos a los que apela la ciencia para tratar de “compensar” con sus conceptos de integración la ceguera frente a la relación, que como dijimos, es siempre previa a la generación de la información.


En lo social


Un organismo vivo que recién inicia su desarrollo ontogénico -cuando es un embrión recién formado- tiene todas sus células idénticas porque todas tienen la misma dotación genética. Pero rápidamente, las exigencias de especialización durante su crecimiento y desarrollo, las va diferenciando. Las diferencias irán potenciándose entre sí para que la generación de información que deriva de ellas refuerce el proceso de amplificación que lleva a las diferencias extremas del organismo desarrollado... como la diferencia que existe, por ejemplo, entre una humilde célula de la piel y el universo físico y químico de una neurona.


Socialmente, solemos tener una omnipresente tesis utópica que considera viable la existencia de una sociedad perfecta, sosteniendo, como apoyo ideológico, que toda diferencia es injusta. Rindiendo cuentas de todas las diferencias existentes, a pesar de la igualdad presupuesta como fundamento ideológico y político, se explica la preocupación por el control del medio a partir del cual se generarán los individuos diferentes de una sociedad igualitaria, aunque proveniente de una misma matriz, anclada ahora en el imaginario de una justicia ad hoc. Se trata de cancelar las diferencias bajo el presupuesto de una igualdad natural... como pasa con las hormigas, que son todas iguales, pero donde las exigencias de la supervivencia del ambiente del hormiguero, las va conduciendo, desde un mismo molde, a desarrollar diferentes funciones. Y así concibe el igualitarista a la sociedad: con la simplificación de un hormiguero. No ve las recursividades que tienen todas las decisiones que se toman y de qué manera la sociedad misma busca, para su lograr su propia información respecto de sí misma y del entorno, generar tantas diferencias como le sea posible.

Trabajar sobre el ambiente humano consiste, esencialmente y en este contexto, en la intervención en el ambiente formativo del Hombre: su educación. Este trabajo consiste en el esfuerzo ideológico y propagandístico para conseguir sociedades utópica y pretendidamente perfectas surgidas del principio utópico de justicia, conformando un triángulo de ambientalismo, utopismo e igualitarismo sobre el que se construirá una nueva e inevitable diferenciación... que lleva a ciertas personas a que se integren a una estructuración jerárquica dada, aceptando el principio de que ciertos hombres deben mandar y decidir sobre todos los demás. Esta es una paradoja de la cual surgirán las inevitables opresiones sociales de los igualitarismos. Y es, obviamente, la misma opresión que ya venía siendo condenada como imperando en manos del régimen anterior, tanto en su religión, como en códigos morales, derecho, etc., sólo que ahora perfeccionada por sentirse avalada por una idea de Igualdad y Justicia y Verdad.


Formas de pensar y de sentir como individuos que deberán desaparecer y ser reemplazadas por otras formas religiosas (por ejemplo, la estrella pentalfa soviética que era propuesta como la “nueva estrella de David” para la comunidad judía antes de ser diezmada por el stalinismo); amén de nuevos códigos morales, nuevas formas del derecho, etc. La cuestión es que el nuevo régimen igualitario terminará restableciendo de un modo más nocivo las mismas injusticias que se denunciaban. En efecto: amparados a la sombra de una incierta nebulosa ideológica (siempre modificable y cínicamente ajustable), las autoridades igualitarias buscarán justificar el estado desigual de la sociedad que crean, por un camino explicativo entre metafísico y científico que suele resumirse en el historicismo: la realidad surge del devenir de la Historia... y bajo esta premisa pseudocientífica, aquellos que sepan cuál es el devenir de la Historia, serán los que definan cuál será el camino a seguir para que la Historia llegue a su utópico clímax igualitario. De esta manera, los líderes surgidos de la nebulosa ideológica adquieren una dimensión mística que resulta indiscutible. Los líderes que se destacan como tales, administrarán la igualdad bajo el nombre de “La Verdad”. La Verdad debe ser creída por la tautológica razón de ser verdadera y debe ser defendida a ultranza (hasta la muerte, propia o ajena) por la misma razón. Por su lado, aquellos devotos de la verdad (porque, partiendo usualmente de la ciencia, derivan el discurso hacia un perfil religioso) deberán acceder a la igualdad a través de la colectivización que será siempre el corolario de tal igualdad, y siempre por debajo del nivel de las minorías que conocen y se adueñaron -por revelación historicista- de La Verdad. En este marco, la sociedad deja de producir información en el sistema, y el conjunto se empobrece por vía de la igualación. La tiranía será el resultado sociopolítico indefectible del cese de generación de información en la sociedad a partir del igualitarismo.


Un ejemplo de nación ávida de igualdad como lo fue Francia tuvo, sin embargo, a un Montesquieu que sentenció en El espíritu de las leyes: “el espíritu de igualdad extremo lleva al despotismo de uno solo”. Otro ejemplo lo tenemos en Rwanda -África Central-: en 1962, estalló la guerra entre los hutus de baja estatura y los tutsis, más altos. La rebelión de los hutus terminó en un movimiento violento de igualación por el cual los esclavizados -los hutus- desplazaron del poder a los tutsis, y la primera medida que se tomó contra estos últimos fue cortarles las piernas a la altura de las rodillas para igualarlos en altura. Por semanas, los ríos de Rwanda estuvieron teñidos de rojo por los cientos y cientos de piernas cortadas que flotaban corriente abajo. También se puede buscar la igualdad por la vía de homogeneizar a la sociedad, como lo quiso el nazismo... Pero ya sea imponiendo la igualdad (socialismos) o eliminando diferencias (nazismos), los resultados de eliminar la diferenciación social es sentenciar a esa sociedad a una manifestación clara y violenta del absurdo. Un cierre filosófico a este sinsentido lo dio el existencialismo de Sartre, cuando éste afirmó que la existencia precede a la esencia, enarbolando la fórmula que establece que el Hombre sólo es lo que él mismo se hace con lo que hicieron con él, y consiguiendo la fórmula igualitaria por la cual, directamente, desaparece la aventura cósmica de lo humano... aventura que incluye también lo absurdo -qué duda cabe-, pero que contiene en sí misma, los anticuerpos necesarios para su progresivo reajuste a las realidades diferentes que vayan surgiendo.


Los igualitarismos sociales, y sus respectivos absurdos, nacen de no poder soportar ser quien se es. De no estar debidamente aleccionados (a esta altura de la historia humana) acerca de aquello en lo que derivaron todos los igualitarismos: paisajes sombríos, muros mentales, culturales y políticos e inútiles crímenes e inmolaciones. Nacen, en definitiva, de no haber podido desarrollar un sentido de responsabilidad sobre nosotros y nuestro desarrollo social con un sentido fundamental de responsabilidad sobre nuestro legado humano hacia nuestro futuro.

 

ACERCA DE LA ESTUPIDEZ SOCIAL


Hay dos clases de estupidez: la individual y la social.


Una persona puede ser muy inteligente, pero ser a la vez socialmente un estúpido. La diferencia reside en que el estúpido individual es así como nació o se volvió por razones fisiológicas y merece todo nuestro apoyo, tolerancia y comprensión. Pero el estúpido social tiene una génesis diferente: se trata de una persona inteligente que cayó en una trampa ideológica. Ciertos aspectos de la realidad se le vuelven -en virtud de este "agujero negro" de ideas en el que la persona se ha instalado- una verdad de carácter místico y hasta de perfil religioso, que reclama una devoción implacable y una prohibición de pensar fuera de ciertos esquemas y consignas, generalmente muy simples. Simpleza que da comodidad... Y muchas veces estamos tentados a pensar que lo cómodo es siempre lo verdadero. Ejemplos de esa comodidad sobreabundan: no sólo está en las consignas simples y fáciles de memorizar e interiorizar -de la cual un inteligente podría llegar a sospechar, pero no un estúpido social-, sino que la comodidad también puede provenir de creer que esas consignas representan alguna clase de verdad, del tipo de que los ricos son malos y los pobres son buenos, que una raza es superior a otra, etc... Esto es: nos vamos sintiendo cómodos en repetir los mismos circuitos neuronales y todos sabemos que el cerebro, espontáneamente, busca seguir una y otra vez los caminos que alguna vez recorrió y que le resultaron cómodos... y que a cada vuelta del pensamiento necesita de más convicción ideológica para poder sentir el mismo placer intelectual del comienzo (aunque éste implique la violencia). Esto es lo que se llama adicción. Éstas pueden ser inofensivas, como el ver una y otra vez episodios de una serie que nos gustó, pero otras pueden ser nocivas como verdaderas drogas y, finalmente, cuando la inquietud intelectual encuentra un camino simple de seguir y que irradia a escala social -apoyándose en el rebaño- se convierte en la única vía moral de una comunidad, ya sea por seguir ese camino como por rechazarlo, generando facciones irreconciliables que sólo sirven para desviar esfuerzos y malgastar energías sociales.


Estos caminos son siempre obvios, construido con clichés de bases muchas veces pseudocientíficas, y que comienzan a sedar al espíritu desprevenido. Y los clichés vuelven y vuelven acomodándose cada vez más en su sitio... fogoneado con discursos, algunos libros, videos y cierto conjunto de ideas que giran sobre lo mismo, llegando siempre a la misma conclusión de la que se había partido (de hecho, nunca fueron pensadas para alejarse del punto inicial) ... y entonces el cerebro se queda instalado en ese circuito cerrado de ideas donde se siente tranquilo, o sea: “instalado” en la verdad... Ya sosegado el espíritu, como dije y paradójicamente, si tiene que agredir o hasta matar para mantener la vigencia del circuito de ideas dentro de su aparato psíquico individual y colectivo, lo hará. De hecho, el herido, el insultado, el escupido o hasta el muerto tirado en la vía pública tras una revuelta, será la evidencia para el estúpido social de que se estaba en lo cierto, ya que de no ser así, “el enemigo de la verdad instalada/revelada” no estaría herido, insultado, escupido o muerto. Porque si lo que yo sostengo es la verdad ¿qué cosa es el que piensa diferente a mi? Pues no es siquiera un ser humano: es un enemigo de la Verdad; es una Mentira que habla; es un no-humano o, peor aún, un anti-humano ¿Y qué se le hace al enemigo de la Verdad? Pues hay que eliminarlo de alguna forma: deshumanizarlo (en la Argentina se lo llama “gorila”) o reducirlo a la desaparición por el crimen o el exilio... siempre al refugio de algún impulso patriótico y hasta a veces -como en los casos de eugenesia- bajo estrictos principios morales.


A ciertas sociedades latinoamericanas les nació un verdadero tumor de estupidez social que es, necesariamente, cada vez más grande porque se potencia a sí mismo y que rápidamente hace metástasis en todo el tejido de las relaciones sociales, afectando a devotos y enemigos (de hecho, generando enemigos a gente que no quería ser enemiga de nadie)... Y es un tumor al que no hay que menospreciar porque se acelera -tal como lo explica la cibernética de sistemas- en un proceso de autopromoción conocido como retroalimentación o feed back positivo. No obstante, esta aceleración lleva, a la vez, a una acentuación que no tiene horizonte visible más allá de la inmovilidad final: alguna clase de desastre. La misma teoría de sistemas enseña que esto es siempre así, que todo feed back positivo (toda salida de control) forma parte de un feed back negativo más amplio que forzosamente lo reencausa hacia una nueva forma de orden... orden que pertenece a esa verdad siempre cambiante que el estúpido social es incapaz de tolerar. Pero esta nueva estabilidad se logra tras pagar un muy caro precio.


Volviendo puntualmente al afectado -el estúpido social- puede escuchar grabaciones y ver videos de sus referentes robando o contando el dinero de los robos y ver que conducen a toda una Nación al abismo del terrorismo más abyecto -pactando, por ejemplo, con países que viven de exportar terrorismo-, pero la simplificación a la que se sometió su sistema de ideas le impiden, sistemáticamente, percibir eso: el estúpido social -que, como dijimos, personalmente puede ser muy preparado- se enceguece... uno no puede menos que recordar el libro de Christian Jelen “La ceguera voluntaria”, que trata acerca de cómo el socialismo francés del ‘17 no vio el carácter totalitario bolchevique que era “policial, terrorista, asesino, guerrero, enemigo de todas las libertades, reaccionario y avasallador”- y se interroga sobre “las razones que tuvieron los socialistas franceses para impulsar ese proceso de ocultamiento, deformación y mitificación” de algo que destruiría su libertad social y que, a la postre, acabaría con su libertad individual, monopolizando su capacidad más elemental de razonamiento (i.e. volviéndolo un estúpido social). Es que el estúpido social no puede ver el desastre manifiesto de un modo crítico, sino que, ciegamente lo defienden, justifican y hasta olvidan.


Decía Ortega y Gasset, en este mismo sentido, que es estéril el esfuerzo de tratar de sacar a un estúpido de su estupidez. Y esto es lógico, si se piensa que el órgano encargado de comprender su propia situación es justamente el que se ve afectado por esa estupidez...

La estupidez social abarca el sistema planetario de ideas que giran alrededor de un pozo sin fondo adonde van a parar todas las ideas e intentos de razonamiento. Sus argumentaciones devienen de devorar un aparato de conceptos congelado sobre sí mismo, ciego a la evolución del mundo y, por ende, echado a perder... y esto porque están atados a lo “verdadero”, y lo “verdadero” no puede cambiar ya que, de lo contrario, dejaría de serlo. Y así quedan ellos: atados a estructuras sociales de poder como único argumento a través del cual pueden canalizar esta voluntad de verdad.


¿Es buena la verdad? ¡Claro que es buena!, el problema es que es un “desiderátum”, un deseo, una utopía (y como toda utopía, moviliza pero no lleva a ningún lado), un algo que no es alcanzable: el camino que se expande mientras caemos en el abismo... porque lo ciertamente verdadero siempre es flexible, mudable y nunca es igual a sí mismo: lo verdadero a escala humana vive la paradoja de tener que cambiar en forma constante para poder permanecer siempre estable. Nada llega a ser “verdadero” si no está cambiando y siendo otra cosa en ese mismo instante en que uno lo percibe... pero esa es una perspectiva de pensamiento que no puede germinar en la mente del estúpido social, quien llegó para quedarse acomodado en su mundillo estático y extático de “verdad” y simplicidad. Hay que entender que la paradoja esencial de la estupidez social es que los grandes promotores del contexto psicosocial no son estúpidos ni individual ni socialmente hablando. Son perversos. Su “movilidad” no es el libre fluir de la realidad: no ven al mundo con libertad de movimientos, sino con la especulación sinuosa de la serpiente. No son inteligentes, sino que apenas son astutos... y la astucia es otra forma de la estupidez que suele ser muy festejada por los incautos.


La democracia es una buena defensa contra este tipo de disfunción y frustración políticas, pero no es suficiente. A veces es necesario tocar fondo... pero siempre es fundamental que se cuide la estructura republicana... Aunque también queda la alternativa de pedirle a Dios, cada uno desde su propia fe, ya que las naciones del mundo son también un reflejo del Plan de Dios para con los Hombres.

 

REFLEXIONES SOBRE EL TEATRO, EL DESTINO Y UNA ÓPERA DE VERDI

“Aquella ópera de Verdi...” o “Aquella ópera de San Petersburgo...” y hasta “La vigésimo cuarta de Verdi...” Esas eran algunas de las argucias a las que se accedía para no nombrar a “La innombrable”, que era el epíteto más común... Tantos miedos ancestrales que llevaban, por ejemplo, a no ocupar el sitio del apuntador “porque corta la cadena con la buena suerte”; a quemar hojas de ruda en la boletería o en el camerino y allí (¡por Dios!) no sacar nada de lugar (sí agregar fotografías, por ejemplo, en el espejo, pero sólo antes del estreno); nunca silbar de noche en el teatro aunque la obra lo exigiera; no tener claveles en ninguna parte (si se les obsequia, deshacerse de ellos cuanto antes); decir “la bicha” o “la que se arrastra”, pero nunca “víbora”; evitar atuendos amarillos (¡Ah, Molière!) o vestidos a lunares y no tener nunca dos vestidos iguales aun a riesgo de que se lo necesitara; y nada de desear buena suerte: basta con un “que te rompas una pierna” o un elegante y francés “merde”.


De esa suerte no han escapado algunas obras, pero el epítome de esta forma de religión que perdura sea “La forza del destino” de Giuseppe Verdi. Durante años condenada al silencio por la fama de acarrear desgracias... fama viva entre cantantes, músicos o reggiseurs de la vieja escuela. Y uno no sabe si agradecer o lamentar que se haya perdido mucho del sentido de lo mágico que ocurre en el escenario y que ha hecho que “La forza del destino” (“La maldita”) se interprete sin que nadie tenga cierto miedo o apenas un ligero resquemor por cantar o tocar sus notas... o quizás sí (toquemos madera).


Pasa que el teatro -aquellos edificios montañosos, sus pasillos, vericuetos, sus escenarios y luminarias- son nuestra versión moderna de la caverna donde recaen las sombras de nuestras más profundas e insospechadas oquedades espirituales: fantasmas, puñales, risas o calaveras desfilan por ese espacio donde el Hombre (autor, intérprete y espectador) vuelca por algunas horas las partes más inexpresadas -pero siempre presentes- de sus vidas. Y, siguiendo con una fatal asociación libre, una galería de arte actual no se aleja mucho en esencia, de sus pares en Lascaux o Altamira... sólo que en estas últimas, la cueva misma era la obra.


Pero es esa cueva excavada en el fragoso edificio, el sitio ideal para que se recreen las atmósferas de los antiguos rituales. La obra que se representa misma es un ritual. Ritos o rutas, son lo mismo: significan lo mismo. La obra es un camino que se repite noche tras noche. Un camino que se inicia en la inocencia del que no ha sido iniciado en la tragedia... cada noche, el inocente, el intérprete profano, recupera su virginal ingenuidad y es iniciado en el camino que marca la letra, la música... el destino escrito. El que muere, morirá de nuevo. El que ríe, lo hará de nuevo. La cueva se habrá transformado ante nuestros ojos y oídos en un templo donde el tiempo se envuelve en un círculo... Y a los templos hay que llamar para entrar. Los tres golpes masónicos en la obertura de “La flauta mágica” de Mozart o el triplete inicial de la 5ª Sinfonía de Beethoven, encuentran su eco en la obertura misma de “La forza del destino”. Verdi fue, a la par de gran músico, un importante activista político, anticlerical y destacado masón. Baste recordar que, encriptadas en las primeras notas de la “Marcha a las glorias de Egipto” (la “Marcha triunfal”) de la ópera “Aída”, se esconden las palabras: “Bohaz / Italia / V”. Si bien se sabe que la primera es la palabra correspondiente al primer grado de la Masonería, nunca se supo qué era la “V”: si la inicial de Verdi, si la “V” de la Victoria o la inicial del rey Vittorio II. Como sea, el tiempo cíclico -propio de todos los rituales más profundos del Hombre- es lo que Verdi vio en “La forza del destino”. Vio la fuerza que lo arrastra a un final que, desde la perspectiva del presente, se nos presenta como una fatalidad. Tanto en literatura como en música, obras de arte basadas en el paso del tiempo el final está allí: en la última hoja del cuento, en el último verso del poema o en el último acto de la ópera. ¿Es así en la vida real?

El mismo Miguel de Cervantes que escribiera “Cada uno es artífice de su propio destino” también escribió “La fuerza de la sangre” ... y se siguió con el mismo interrogante en “Don Álvaro o la fuerza del sino” (obra en la que se inspiró Verdi) del duque de Rivas; “La fuerza del natural” de Agustín Moreto o en “La fuerza lastimosa” de Lope de Vega. Y entre los italianos “La forza del fato” de Giacinto Cicognini o “La forza dell’amor paterno” de Alessandro Stradella... La fuerza. La fuerza que es mayor que la voluntad del Hombre que es fuerza apenas espiritual. Es en este sentido que incluí a propósito y más arriba, el oxímoron de la “fatal asociación libre” ¿Somos libres o estamos siendo arrastrados por una fuerza ajena a un final preestablecido en una gigantesca ópera cósmica?


Cuenta un relato islámico (inevitables fatalistas) que estaba un día el príncipe revisando las flores del jardín de su palacio, cuando aparece intempestivamente un sirviente con la terrible noticia: “Mi amo... su hijo acaba de morir”. El príncipe ni se inmutó y siguió con su tarea. Asombrado, el sirviente se atrevió a preguntar: “¿Es, acaso, que su alteza ya sabía que su hijo moriría?”. El príncipe, irguiéndose, dijo en un suspiro y mirando con calma el seto que arreglaba: “Sí... Lo sabía... lo sabía desde el día en que nació”... ¿Es el fatalismo la consciencia de la propia muerte que se proyecta como una fantasía tenebrosa que empaña la luz de nuestro futuro?


En “La forza del destino”, quizás como en toda humana desgracia, hay un actor permanente que desencadena la tragedia y es el amor desastrado, el amor sin estrella, el amor sin la guía de los astros: el amor ciego al futuro. Porque el destino, como el sino (vulgarización de la palabra “signo”), han desarrollado en la ópera (en la literatura junto a la música) una suerte de astrología propia, un mundo de mensajes que vienen del futuro y que sólo valen en esa antigua caverna donde nos reunimos para escuchar ópera. Sino y destino... y música: “Si la música es el alimento del amor... sigue tocando McDuff, sigue tocando...”, nos invita, melancólico, Shakespeare, quien también diría: "¿Qué es la vida sino una sombra, un histrión que pasa por el teatro y a quien se olvida después, o la vana y ruidosa fábula de un necio?". Todo deberá ser llevado adelante ante la fuerza de la “causa final” aristotélica, el destino... Siempre adelante, aunque sepamos que ese amor que nos trajo a la vida es el que nos llevará a la muerte, y que la sangre y la tragedia nos esperan en el final, a la luz de la luna, justo antes de que la música de Mcduff se haga un silencio que se disfraza de aplausos.


Sabemos de Cicerón que quería poner el destino del Hombre en las manos del Hombre y que Séneca lo quería hacer en las de Dios, pero el Verdi de “La forza...” lo puso en las variables del honor, la raza, la clase social, la dignidad, la religión, la guerra, el amor y la libertad. En el escenario se abre el complejo camino de un camino de amor imposible que los amantes transitarán sin futuros propios. Para Leonora se abre una soledad eremítica y conventual -como otra Santa Teresa- clamando en su aria del final, su “Pace, pace mio Dio” ¿y qué es la paz sino una puesta de acuerdo con lo inevitable?


Quizás el destino no necesite de fuerzas, sino sólo de paciencia. Quizás todos nuestros esfuerzos que creemos nuestros, sean piezas que se escaquean mutuamente hasta reencontrarse al final del juego.


Quizás, como quería Nietzsche, estemos haciendo esto que hacemos ahora por enésima vez, entrando inocentes al escenario de la vida siempre de nuevo, función tras función, pero pasando por el Leteo sin saberlo... Pero como sea, el escenario del antiguo ritual estará abierto para nuestra melancólica despedida de hoy, y para que veamos aparecer a las inocentes víctimas creyendo, una vez más, que son libres.

 

SOBRE LO SAGRADO


En la entrada de la Facultad de la Policía Científica, en el Palacio de Justicia de París, se puede leer: “Los ojos sólo ven lo que miran, y sólo miran lo que ya está en la mente”. ¿Qué es un poeta, según este decir, sino una suerte de detective de la realidad al cual hay que entrenar para que aprenda a ver el ver? Una realidad que deja de ser inocente para el que escribe, como si fuera un detective de la realidad… una realidad que deberá ser siempre sospechosa. Así debe ser la realidad para el poeta. Y hay que detenerla -ya sea en una luminosa avenida o en un callejón oscuro- para verla huir, y en este ejercicio paradójico uno ya se descubrirá a sí mismo escribiendo poesía porque uno será el propio huir de la realidad hacia la libertad: uno será la desaparición de las cosas y su propia recreación… seremos la policía de lo real huyendo hacia la libertad del significado.


Porque: “…ver lo que ya está en la mente” implica entender que la percepción de la realidad por los sentidos, por nuestro cuerpo, no se diferencia fácilmente de lo que pasa en nuestra mente cuando decimos percibir. Y la dificultad reside, justamente, en la imposibilidad de separar ambos términos: mente y cuerpo… justamente porque no existen como entidades separadas. La libertad descubierta en la poesía nos demuestra que la falacia cartesiana de separar mente de cuerpo -y que tanto daño hizo en la filosofía de Occidente-, se evidencia en el decir poético y en el arte en general. Porque el artista ordena su percepción y la vuelve en una herramienta de selección activa de la realidad: la crea. Así, cuando se tildó de ‘primitiva’ a la pintura rusa de íconos porque no incluía la perspectiva, se olvidaron de que Andrei Rubliov -el célebre pintor de íconos- estuvo en Venecia en el siglo XV cuando estaba en pleno apogeo, justamente, el estudio de la perspectiva… sin embargo, parece obvio que los artistas rusos de esa época no necesitaban de la perspectiva y que por esa causa no la usaban… así de fácil: no la usaban porque no la veían, porque no les hacía falta verla. Porque no la querían. Lo primero que debe tener claro un poeta es que, como tal, deberá conseguir crear y domeñar las leyes de su propio Universo… Sólo en ese momento puede pretender escribir una buena poesía.


La nuestra es la única civilización que ha prescindido -desde el Renacimiento, por lo menos- del principio fundacional de lo Sagrado. Es una civilización sin la Trascendencia como valor fundacional del pensamiento: puro presente; un algo insustancial sin futuro como lo es -por tautológico- un silogismo, donde en la premisa mayor ya está la conclusión: si digo que todos los Hombres son mortales, no hay novedad alguna en decir que Sócrates también es mortal. Una civilización sin buenas nuevas… una civilización sin evangelio. Una civilización de puras noticias, donde las noticias siempre estarán a la zaga de los hechos: no podremos crearlos, tenemos que aceptarlos… simples datos de los que participamos pasivamente como consumidores, sumidos en una total intrascendencia, abandonados a la fatalidad de lo real inmodificable…y con todo definido… ¿por quién? Cada uno debe suponer la respuesta.


Según Ananda Coomaraswamy: «el mito encarna el más aproximado enfoque de la verdad absoluta que pueda darse con palabras» … y es así como entonces decimos que el poema es un mito… Y un mito no es, como lo explica Claude Lévi-Strauss, ni una verdad ni una mentira, sólo es: “una historia nacida para ser contada” … Y con sólo recordar -contar- nuestras vidas, vemos que estamos llenos de historias. Que nuestras historias nos han ido construyendo en la historia que somos hoy, y que el hoy es sólo el borrador de unas cuartillas en blanco que esperan ser escritas en el futuro. La realidad misma es siempre una instancia mental mítica porque siempre la estamos contando… y no nos resulta fácil ver -creer- que somos nosotros los que hacemos de nuestra vida, pura literatura. Creemos que estamos en silencio observando un mundo que pasa frente a nosotros en total pasividad, sin poder nosotros intervenir en su desarrollo, imbuidos de objetividad y realismo como si de un valor positivo se tratara, con nuestras fuerzas creativas paralizadas frente a muebles, ventanas, personas, animales o recuerdos fatalmente disecados en silencio como piezas de museo… porque son cosas que, fatalmente “ya están allí”: objetivadas, enajenadas de nuestra naturaleza y que, aceptando desde pequeños la información inviolable de “los que saben”, terminan por convencernos, de grandes, que los datos -las cosas dadas- no se pueden crear… Nos han dicho que no podemos ser poetas de nuestras realidades, de nuestras percepciones y vidas. Nos han dicho que estamos en silencio, que la realidad es un cuento ya contado y que ya no hay más mitos… Que vivimos en un mundo hueco y silencioso de fórmulas precisas y que cuando hablamos, lo hacemos contra un muro eterno y sordo de definiciones establecidas, tras el cual no hay nada.

Pero no… a aquellos que creen en la simpleza imbécil de este modelo de existencia, donde se espera que toda la verdad estará algún día en un libro de texto escolar, malas noticias: la verdad nace a cada palabra que decimos, que nunca estuvimos en silencio y que no lo estamos ahora. Contar nuestra historia no es una tarea sin futuro: frente a nosotros está lo Sagrado… un mundo que es eterno y todo oído. Un mundo que espera por nuestra historia, por nuestro cuento, por el poema de nuestras vidas.


¿Qué es lo Sagrado? La totalidad de lo existente y algo que debe ser respetado… y que, obviamente, también involucra nuestra propia existencia… y por eso surgen cada vez más a menudo nuestros conflictos sociales y ambientales: porque no creemos en lo Sagrado, no creemos, en definitiva, en el valor de nuestros propios mitos, de nuestras propias historias, de nuestra propia poesía ni en la poesía del mundo (palabra que quiere decir, justamente, “hermoso” … y lo contrario será lo “inmundo”).


Y recién cuando reconozcamos la naturaleza histórica y mítica de nuestro decir, nuestra vida tomará la seriedad de lo Sagrado a lo que siempre se refirió el mito en todas las épocas del Hombre. Y veremos que el poema nos había estado invadiendo desde siempre porque siempre estuvimos inmersos en lo Sagrado… El Edén siempre siguió ahí, al alcance de nuestras manos: la realidad es nuestra ceguera.


No hay creatividad sin el regalo divino de lo Sagrado, de ese instante inefable de caos que invade al poeta: allí, en el centro del momento donde todo es equivalente y equiprobable como alguna vez lo fueron las aguas del Nilo o del Éufrates cuando recién derramadas sobre las tierras de cultivo, prometían nueva vida… Allí será que nos liberaremos de las cadenas de «lo que se supone que es» y empecemos nosotros a decidir el destino de cada pincelada, de cada golpe del mazo o letra proferida para decir el milagro inagotable de nuestras vidas.

 

(Imagen de galería wix.com )

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