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Nº1_2022. NELSON RODRÍGUEZ ARRATIA

A propósito de “Látigos de Fuego”.

O cuando la autoría o una obra es generosa y colectiva (1)



Una obra siempre es el inicio de un diálogo o una conversación. Lo que ella dice, como lo que podamos decir quienes estamos en frente, al lado e incluso intentando entrar en ella, también son aquellas palabras que rodean y circulan en nuestra piel. Aunque, en los conceptos que definen la experiencia estética de una obra o al intentar construir una poética de la misma o bien, en una aproximación hacia ella, desde la filosofía del arte, no es común advertir la palabra generosidad, para entrar y definir una obra. “Látigos de Fuego”, como obra y como Colectivo de arte, nos sumerge en esos conceptos, como colaboración, generosidad, autorías y trabajos compartidos.


Por lo anterior, la o las reflexiones que nacen en este ensayo, quieren ofrecer miradas y al mismo tiempo, un modo de entrar a un proyecto, que lejos de anquilosarse en un concepto o propuesta artística, se sumerge en la vida misma, en las historias tan cotidianas como universalmente vitales, para abrir escenas y despertar las sensibilidades de quienes, al escuchar, contemplar o reflexionar, levanten nuevas creatividades, discursos, escenas, textos y por qué no, danzas que continúen en el proceso creativo y colectivo de una obra.


Insistir en que estas palabras son un modo de iniciar la comprensión de esta obra y colectivo es sincerar, que en lo próximo habrá que levantar profundizaciones, tal vez desde las precisiones temáticas que aquí se anuncian o, mejor aún, de quienes puedan advertir más honduras no vistas hasta ahora. Por ejemplo, la poesía misma, las imágenes o la imagen, como la música original empleada en algunas creaciones, la pintura para algunas representaciones, las traducciones a lenguas ancestrales y extranjeras y tal vez en el proyecto, como una obra o producto audiovisual son, sin duda, temas, asuntos o posibilidades de entradas a la profundización de esta obra, como el trabajo colectivo del mismo.


Los caminos para entrar a una obra de arte se abren en el recorrido. Cada sendero es un punto y un punto es el proyecto para quien camina, de absorber, en lo vivido, aquello que se ve, se huele, se palpa y en definitiva, se siente. Una obra, un poema, una pintura, una danza, como un baile, un drama, una fotografía o una escultura son cada una y todas un corazón. El latir de cada obra es la sangre agitando el ritmo de cada pálpito de aquellos que se acercan a contemplar cómo el arte siempre será el modo de cómo la vida puede ser vivida, nombrada, realizada y proyectada.


Una obra es un corazón; Pálpitos como “Látigos de Fuego”, para volver a sentir los latidos de la vida propia. La vida de cada uno y en la creación la vida de cada uno en otras vidas y otras vidas hablándome en la piel. Aún las soledades, se viven entre cada uno, cada una y en la misma tierra, tiempo y luz que nos ve amanecer. La obra “Látigos de Fuego”, como el mismo colectivo, es una apuesta por comprender la autoría de una obra desde la generosidad de la colaboración y desde la fraternidad que engendra el trabajo compartido.

Hans Schuster es el sembrador. El hombre que lleva la semilla y lanza las palabras que quedan al son de los vientos que recogen sonidos, ritmos y armonías, que sugieren los que siguen la estela de la poesía registrada en una hoja compartida. Hans Schuster es el gestor, el que acompaña, el profesor y el maestro de esta obra y proyecto. En este sentido, Hans es más que un autor, pues es quien llama a la libertad de la lectura, del contemplar y conversar en la obra, para asumir, que todo comprender la obra es un modo de crear una obra. Y la genialidad de Hans se establece en que cada uno, cada una, se vuelve para otro y para otra, como si la poesía abrazara las manos.


Hay una vocación intensa y devota, en quienes construyen el “Colectivo de arte Látigos de Fuego”; distintas miradas, como distintas voces; diversos ritmos, como diversas lenguas; espíritus en búsquedas, como cuerpos entrelazados para aumentar el calor y el ardor de una verdad que nace, crece y se levanta entre las manos que labran. El colectivo de arte Látigos de Fuego es un llamado. Una bienvenida a levantar la vida desde aquellos momentos, relatos, visiones y paisajes que nos hermanan, que nos permiten convivir en la donación permanente, en la colaboración, en definitiva, en el amor. Tal como uno de los hermosos poemas que podrán ver, escuchar y sentir: A todo Color:


“No es que sea la historia de la vida el amor del colectivo. Cuando estamos sin la nevada, de boca a boca el canto distintivo, de mano a mano tejiendo el todo, con marejadas y viento, la selva, la pampa, la puna, el lago y ese río lejano, en la ceremonia comunitaria, a todo color está la vida y la naturaleza habla, como tú, con el cariño”





De este modo, el proyecto artístico y cultural del Colectivo Látigos de Fuego se muestra a escala académica, social, política, artística y poética, en claras perspectivas de ser para ellos y ellas mismas un desafío permanente de discusión, creación y proyección. Un ejemplo claro de este ejercicio es comprender la poesía como una práctica de habla universal, íntima e individual, pero con una empatía inmensa a las ideas de la interculturalidad. La diversidad idiomática, que existe en las obras del Colectivo, no es sólo un ejercicio de traducciones y traductoras y traductores, sino más bien, es el ejercicio sensible de mirar la cotidianidad de la vida en los distintos sentires y comprensiones que se tiene en el poetizar. Poetizar, en este colectivo, es más que crear. Crear es más que componer; crear, como poetizar, son formas de búsqueda para leernos.


Así también aparecen las traducciones en distintos idiomas, lenguas indígenas, ancestrales, oficiales, cooficiales, no reconocidas y las que están en lucha del reconocimiento por la desaparición forzada de los estados coloniales, dictaduras u oligarquías sin pasado ni destino. Ejemplo de ello es la traducción al mapudungun, idioma que no es reconocido en forma oficial, en Chile y Argentina. Sin embargo, lo utilizan más de un millón de hablantes e incluso, como valor adicional están las toponimias en ambas repúblicas, gracias a las denominaciones de uso del pueblo nación mapuche. Otro tanto lo es también el aymara (cooficial en Bolivia y Perú, con fuertes comunidades de hablantes en Chile y Argentina) o el quechua (Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina).


Tal vez, no quepa duda en los futuros lectores, que ante el cruce de autores y artistas en esta obra, pudieren encontrarse con una posible continuidad de las ideas o bien una repetición de la palabra manifiesta, para abrir otras creaciones posibles. “Látigos de Fuego” como obra poética y artística es una experiencia de diálogo permanente. Pues, esta obra se juega profundamente en mostrar el lenguaje y las palabras expresadas en distintas lenguas, que ofrecen mundos y sensibilidades distantes y distintas, pero que buscan esas profundidades que hermanan a quienes entienden que la poesía es justamente eso: un encuentro entre un tú y un yo. Tal vez sea esa sacralidad que sólo alcanzan a verla, quienes están llenos de cotidiano y ajenos del vacío sentido divino que escapa al pan de cada día.


De este modo, hay un hablante que surge desde lo profundo, a tal punto que pareciera estar en frente de nosotros, tal vez mirándonos a los ojos, tal vez hablándonos, mirando el horizonte, en el atardecer o encendiendo el cigarrillo del alba; pero siempre preguntándonos por nuestra alma, por nuestro espíritu, por el movimiento que dejamos de vivir en medio de tanto anuncio de la naturaleza y en medio de tanta indiferencia de quienes ya abandonamos el propio espíritu.


Con un lenguaje cercano, cotidiano, amable y no menos falto de rabia ante el dolor de la violencia o de quienes sufren el oprobio de los perseguidores o los que viven del poder, se dispone a buscar desde el recóndito espacio cotidiano, prosaico e incluso trivial, aquellos aromas que nos permiten sacar la nariz del encierro y oxigenar de otros sentires, casi sacros, como si los dioses abrieran surcos en las horas, para permitirnos decir otra cosa de los días. En el poema Cuesta Creer, nos ofrece la invitación a un diálogo, a una conversación y sobre todo, a una sentencia sobre nuestros días:


El sonido

pájaro

viento

agua

follaje

y lluvia.

Cuesta creer que no sientas

los espíritus.

El sonido

mar

piedras

cañas

varillas

troncos

y semillas.

Cuesta creer que no cantes ni bailes

con tu espíritu. (60-61)




La voz que pregunta pareciera tener algo de perentorio. Como si existiera la urgencia de hacernos mirar nuestro vacío o nuestros sin sentidos. Tal vez, la falta de sentidos sea el único llamado por el que nos ayude a esclarecer el mundo en el que estamos. El paisaje es claro y esclarecido por la voz del poeta. El mundo se vuelve luz en la recepción de quienes escuchan. Se teje cierta luminosidad, ya no sólo por la voz del poeta, sino por el diálogo o la conversación misma. Se trata de esa pequeña luminosidad con que cada espíritu parece encenderse para reencontrarse con los propios mundos perdidos.


La metáfora, como un corazón, despliega todas sus formas de decir en una obra. El lenguaje, como “Látigos de Fuego” nos proponen los andares que sugieren siempre el volver a encontrarnos. Se necesita el latir para respirar, el lenguaje para buscar y la metáfora para volver a decir y a decirnos las veces que sean necesarias, para encender la luz que descubre aquello que llamamos obra, aquello por lo que una obra se convierte en arte. La metáfora en la obra, como en el arte, no es sólo otra forma de decir, sino otra forma de conocer, de buscar y de vivir. Confluyen entonces una forma de ser y una forma de conocer, pues la metáfora tiene algo de tacto, un cuerpo por el que la palabra entra y sale para abrir mundos.


Si bien, la obra “Látigos de Fuego” no muestra aún la danza como una de las posibilidades de expresión de la continuidad de su quehacer artístico, el poema citado anteriormente nos invita en plenitud a comprender la poesía como danza. No son sólo los versos, sino cómo los versos abren la plenitud de la naturaleza las horas que nos advierten y nos descolocan para asirnos a un llamado a volver; no sólo a un sentido, sino a un sentir; no sólo a un sentir sino al soporte de toda danza; el cuerpo.


No hace falta aquí recorrer la importancia de cuerpo en la construcción de sentidos desde nuestros sentidos, pues aquí hay más: se trata de entender cómo el cuerpo, nuestro cuerpo, es la forma de conocer y reconocernos para abrirnos al pensar sentido de un lenguaje situado, pues desde el cuerpo nos sentimos, nos tocamos, nos encontramos en la fiesta. Se trata de la única expresión por la que nos volvemos y nos reconocemos humanos. Sólo el cuerpo es capaz de incorporar al paisaje desde el espacio espiritual que descubrimos en la danza, en el baile y en el movimiento que hace unos, unas con la naturaleza.


Develar, desvelar e incluso abrir el paisaje, para mirarlo desde la poesía de “Látigos de Fuego” es un ejercicio que discute con y entre las artes. Ya no es sólo lo idiomático ancestral o cultural, sino es también la imagen y el color. La pintura, la tela, los telares, como también el óleo, la acuarela en los distintos soportes que persisten en sostener a la memoria y lo factual en permanente conversación abren el espacio también a la imagen, al soporte audiovisual, como una extensión de la poesía. Pero recordemos, no sólo como actos creativos, sino como aquellos actos, por los que entramos a leernos.


Tal vez, valga detenernos un poco, para advertir la importancia de la obra y la propuesta artística del Colectivo, como una experiencia de diálogo, como una experiencia de leernos y como una experiencia de baile y danza. En la época en que el mismo concepto de arte, es decir, ante la pregunta qué entender por arte o qué debemos concebir hoy por arte, la técnica y sus imperativos en el pensar y en el decir nos dejan sin duda, como si la experiencia a la que nos referimos en este ensayo esté fuera de toda concepción artística.

La propuesta que leemos en “Látigos de Fuego” es una experiencia que nos sitúa en una realidad simbólica, es decir, al descubrir sus símbolos, la naturaleza, el pájaro, los ancianos, las flores, nos sentimos desafiados a mirarnos y ver cuánto de aquella realidad simbólica nos desafía a confrontarnos o a encontrarnos entre unos, unas y otras, para advertir aquello que nos falta para construir y caminar en nuestra realidad humana. Lo simbólico es la pregunta con la que entramos a entender que la obra es más que unos elementos en frente de nosotros.


La obra en este sentido nos llama a jugar, a bailar, como lo indica el poema Cuesta creer. Bailar como jugar es la invitación a adentrarnos a la obra que obra en cada uno y una de nosotras. No es sólo aquella obra en frente de mí, sino aquella que comienza a vivir en mí. La obra no cesa de moverse en nuestra vida, pues se sumerge en nuestra historia, para levantarla, sacarla de la neblina, para volver a mirarla y volver a vivir, sentir y construir aquello que de sentido descubrimos en este baile, en esta danza, en este juego que es la conversación y el diálogo con la obra, como lo propone el trabajo de éste Colectivo.


En el devenir que el Colectivo pudiera invitarnos, nos ayuda mucho el concepto de fiesta. El baile que hacemos emoción en el párrafo anterior es la invitación a comprender la obra como una experiencia de fiesta. La fiesta es la experiencia por la que nos miramos en la más íntima condición, por la que nos reconocemos. No es la hora del tiempo cronos, sino de ese tiempo por el que nos encontramos y queremos perpetuarlo, porque lo vivido en la obra nos deja abiertos y ávidos de sentir y sentidos.


Fuera de toda o cualquier atisbo de entender la fiesta como enajenación, ella es en el sentido más crítico y profundo la forma de volver a mirar el tiempo por el que nos hemos abandonado. En la época de la sociedad disciplinaria, en la época de la sociedad del cansancio, del deber, del poder y de la inhibición para lograr lo que se me obliga y en ellos, la fragmentación de todo lo social por el ascenso indiscutible de toda forma de individualismo o de economía del yo sin los otros, que nubla toda posibilidad de encontrarnos en la voz de un uni-verso. Como lo dice el mismo poema Látigos de fuego es un llamado desde ese otro que soy, para ese otro y esa otra que somos:


El otro que soy, te saluda

con hebras de sol que despuntan

así las sombras que hasta ahora te acompañan

van quedando atrás

como quedan los susurros

entre nubes que amanecen.


Ya verás que mientras lees

se irá iluminando tu jornada

para volver a sonreír hasta tocar tus pies

que con los años se habían entumecido.


El otro que soy, te saluda

mientras las lenguas de sol

chasquean tu mirada,

ya el bien y mal te pertenecen

porque la mano de Dios

golpeó recién su propia almohada.


Y ahora vienen momentos

de preparación e incremento

para que vuelvas a reír

por todos los costados del planeta

somos uno y en cada esquina

te estaré observando.

Y cuando tu pecho se junte a otro pecho

serás más libre

porque libre es tu pensamiento y mi plegaria.

El otro que soy, te saluda

y te devuelvo la amistad

acurrucada en estos años…

Pero tú ya conoces las encrucijadas

y aprendiste a consolarte en la belleza.

El otro que soy, te saluda

habituado en ti y errabundo

te he buscado gozoso

como tu espíritu tutelar.

Y ahora que hay nuevos presagios,

sólo en ti la luz sustenta lo bello. (64-65)





La luz que sustenta lo bello es el encuentro humano por el que volvemos a hacer historia y, ajenos a toda forma superflua, insípida o regulada por la seriedad y precisión de la técnica, nos volvemos a mirar en la sempiterna búsqueda que nos descubre buscando, danzando, pues es la propia vida que nos desafía a volvernos y a mirarnos desde eso otros y otra que somos. La fiesta, la danza y la conversación en la obra es cómo nos volvemos encuentro en ella y nos disponemos a proyectar lo que somos en el mundo.

Este espíritu, no hubiera sido posible en “Látigos de Fuego” sin la experiencia de la creación colectiva. Sin duda que, más allá de insistir en la generosidad de los autores e incluso de la obra misma, la participación, la colaboración y la asimetría o simetría en la construcción de cada obra, nos abren a una propuesta de autorías, que sitúa a “Látigos de Fuego” en un desafío permanente de construcción, arte y política.


Es necesario mencionar a algunos y algunas colaboradoras que imprimen la imagen en este Colectivo: los trabajos de pintoras cómo Deyerina Maldonado, Chyntia Araya, Gabriela Cánovas y Alex Chellew por nombrar a algunos que aparecen en las piezas audiovisuales, realizadas por Ignacio Milesi, Claudio Martínez Pérez, Claudio Martínez Valenzuela, Claudio Torres, quienes vienen desarrollan los guiones elaborados por el autor, Hans Schuster. La piezas, poemas, narraciones y creaciones contemplan versiones en: gallego, inglés, rapa nui, neerlandés, italiano, portugués, francés, mapudungun, quechua, aymara y por supuesto en castellano, idioma de origen. Y algunos de ellos ya han sido musicalizados por Carlos Díaz, Paquita Rivera y Cristian Waman. En las excepcionales imágenes fotográficas, que construyen el proyecto visual del colectivo están Gloria Henríquez y Jorge Zepeda (fotografías e imágenes en movimiento registradas en cámaras de mano y dron), a las cuales se le suman las imágenes mentales producto de las traducciones, pero también el juego de la imagen pasa por las imágenes creadas no sólo en y a través del lenguaje literario (inicialmente en castellano) sino también las imágenes pictóricas de los artistas ya mencionados.


Todas y todos ellos construyen uno de los poemas que da cuenta de esta fusión de versos, música e imágenes en movimiento. Si, movimiento, pues desde este poema, ya musicalizado es posible pensar, que la imagen también es una danza, pues es otra forma de leernos. En el poema: En la quietud que nos rodea, escuchamos:


“Por un breve instante

un par de letras

nos quitó la ansiedad

y el miedo

mientras lentamente

se movía lo invisible” (39)





Si, como dice el verso “lentamente se mueve lo invisible”, para anidar en el pecho lo que una obra puede ser como una imagen. Aquí, en la obra del Colectivo existe un llamado fuerte a mostrarla obra más allá de lo que ella muestra. Lo más evidente, al escuchar, leer o mirar las realizaciones poéticas de los y las distintas autoras que participan en el colectivo es advertir cómo cada verso constituye una imagen y cómo esa imagen en sí misma es reconstruida por otra en la construcción audiovisual de los poemas. En este sentido, cada imagen de versos, estrofas y poemas, como las propias de la realización del vídeo son una danza, que nos danza. Cada poema nos inspira, nos mueve, nos conmueve para despertar al cuerpo a un baile que me abraza y que nos abraza. Es la danza que nos mueve a confundirnos entre la materialidad del alma de cada historia de nuestras vidas.


Volvamos ahora nuevamente al cuerpo y a la danza. La palabra nace en la danza de un cuerpo. Un cuerpo musicaliza todas las notas que contiene una palabra. Cada palabra en su movimiento transporta los colores desde un cuerpo. Sean las manos que alimentan las líneas, los contornos, los contenidos, las brochas y pinceladas, puntillismo difuminado o lucero en negro que organiza el pentagrama. Un viento como danza y el cuerpo en retiré inspira e inhala el tiempo, lo abraza, lo acoge en pasos de plié, para abrir las alas y despegar en vuelo, aun perdiendo las plumas por miedo, valentía y temeridad. Lo haría una y otra vez, como en el pentagrama, la indicación es un ritornelo. Algo hay de esta danza en el poema: Suspiros de Astillas (fragmento):


“Era su costumbre más

entre las otras

dominar el dolor

y abrir sus manos largas y fibrosas

para sentir que el mundo se desborda.


Era una danza de gubias y serruchos

entre las otras virutas de buena madera

creaba un mueble de la nada

repisas, anaqueles o sillas

entretenían los días del bisabuelo

a más de 90 años

seguía traqueteando con lo suyo.


Ya nadie sabe

si se levantaba tan temprano

para dejar hervidas las teteras

o para fumar acariciando la madera...” (12)





Construye el cuerpo su lenguaje, como el lenguaje respira en cuerpo lo que no puede dejar de latir. Cada pálpito enciende las horas, por cada hora que se respira un verso y un verso es en cada día lo que el cotidiano alumbra toda la vida. Cuerpo; lenguaje; abrir el día, para ansiar su luz, para llegar a la noche y mirar los caminos andados y sentarse entre las horas, el cotidiano, para saber eso que se llama hogar, donde nos habitamos, por el que somos cada abrazo, como una palabra, que en cuerpo y lenguaje se nos dice o se nos habla. Es la invitación del poema Al borde del son:


“No más arena en las discusiones sin fin

un paso de baile y de cadera

es mejor que buscar esa palabra

que sangra ante el tribunal de la pura razón

y apura el giro danzante

al corazón del corazón

le viene bien

ese saltito de locura

y brincan más los sentimientos

día y noche

la suavidad del movimiento gentil

es la delicada apertura de las manos

al volver a tocar el ritmo

de esa tristeza y soledad

que se desliza al borde del son” (58)





Como si todo el tiempo, todos los tiempos, se nos hicieran en un tiempo. Tan pasado como presente, tan presente como horizonte y un horizonte con el aroma de los antepasados. Toda la huella en los olores, hedores, fragancias y la intensidad de quien se dispone a construir sus viajes por entre cruzando los tiempos. Tan tiempo como propio aquel que se viene con los rostros de otros, para engendrar un nosotros que no adivinamos y que sembró la historia de este viaje del que no quiero retirarme, sino, andar y andar para sentir que su final es otro comienzo. La memoria es más que recordar. La memoria es permitir que el corazón siga latiendo con los registros que nos cambian las horas del cotidiano. Es el mensaje del poema: Cambié el tono:


“Pero la voz seguía siendo la misma

y a ratos olía a pájaros

a sombra de árboles antiguos

que me dejaban mudo por un rato

como si pudiera escuchar

entre los vientos,

cambié el tono

pero la voz seguía siendo la misma

acurrucada al interior de unas brasas

fácil de reconocer

con una sola mirada

cambié el tono

para que las algas y cochayuyos

no se pusieran nerviosos

o alertaran la timidez de una nube

pequeñita, casi del tamaño de una bufanda,

cambié el tono

porque me mojé los pies

con los recuerdos” (32)





A ratos y casi por días enteros, como eternos, lo arcaico se hace elemental, con el poder de lo simple, de lo prosaico, que de tan mínimo es imposible desoír la voz que nos llega en las imágenes que despiertan ahora nuestra conversación. Como si la recitación fuese el rocío de la mañana y el desayuno entre el pan, la mantequilla y los zorzales. Aquí, los conceptos vienen de vuelta, pues la liturgia de las imágenes sentidas rompió las murallas que contenían la sangre de un porvenir disuelto en principios o propósitos sin cuerpo, sin rostro, sin carne y sin nombre. El personaje del bisabuelo citado en el poema Suspiros de astillas, nos muestra cómo ese invisible viene desde lejos, para sentarse al lado nuestro y convivir en lo que nos resta de vida:


“…entretenían los días del bisabuelo

a más de 90 años

seguía traqueteando con lo suyo.


Ya nadie sabe

si se levantaba tan temprano

para dejar hervidas las teteras

o para fumar acariciando la madera.


Mientras tanto era mi turno de partir

y recorrí los territorios varias veces

en distintas décadas…” (fragmento)





Cada verso, cada imagen pareciera adentrarse en la vida de alguien, por el que las horas no cuentan si se trata de mantener vigilia por sus pasos, territorios, tiempos y quehaceres. Lo misterioso está tan cerca, tan a la mano, como entre quienes miramos los recorridos de quien no cesa de acariciar la madera, el árbol y sentir el agua que recorre las mañanas, hasta la última hoja y hacer del viento la esperanza de entrar y salir una y otra vez del tiempo. Sea esa la astilla por la que no sentimos que el dolor sea una mirada al vacío, sino el recuerdo de volver a ese suspiro, por el que un día despertamos.


Si volvemos al dolor, es aquel por el que nos desconocemos entre unos y otros, una y otras. Como si lo humano se nos hubiese ido en la bajada de la marea, ésa que arrastra sin compasión dejando el atardecer desnudado en las miserias que desvista el agua. Hay una insistencia en esta poesía de mirar cada una de aquellas imágenes que despiertan la vida entre todas y todos; cada uno y cada una abrazado a esa comunión que nos abriga, nos ata a defender la tierra que tantos otros desviven en cada obsesión de conquistar el poder. El poema Redes podridas nos adentra en la tensión de poesía, poetas, tradición de tierra y política. El paisaje no es abstracto, pues son todos poetas del sur, las tierras en que las mareas confunden a quienes sólo ven en ellas fuente de riqueza y no la riqueza de sus aguas. El poema en este sentido es una constatación, un llamado y una advertencia:


“Han de seguir enroscadas en templos de codicia

a vista y paciencia de todo lugareño.

Mario Contreras Vega estaba en Castro

de candidato a escribir buena poesía

y logró imprimir sus buenos versos

que me acompañan hasta estos días

como el recuerdo en la risa con Renato Cárdenas

su sabiduría de patrimonio vivito y coleando.

Pero las redes podridas

ya estaban allí en la última vuelta

no alcancé a saludar a Sonia Caicheo

y Rosabetty Muñoz andaba no sé por dónde.

Y me traje como siempre mis cuelgas ahumadas,

dientes de ajo y milcaos de grandes chicharrones.

Hace ya tanto tiempo me digo a mí mismo

que los políticos y las políticas no cambian,

siguen allí en medio del paisaje

como todos los años con sus redes podridas” (16)





Se dice tierra, para decir la sangre y la sangre, para pintar los rostros y todas las voces que caminan sus sentidos y destinos. Se nombra a la tierra, para dejar las manos de quien lleva en la mirada el goce de hacernos unos y otros y encontrarnos, para sabernos, para gustarnos, para celebrarnos, para vivirnos. Se nombra a la tierra, para nombrar a aquel que deja en la piedra su mano en ocre, en rojo y la sangre de quien lleva en su pecho la gloria, las risas y las lágrimas de todos nosotros. Se nombra a la tierra, para encontrarnos en la piedra marcada por las manos, por la que somos uno, por la que somos todos y todas. Otro fragmento del poema Látigos de Fuego nos advierte en este mismo sentido, una especie de fiesta por la que la tierra es el espacio y el espíritu que nos hermana:


…Sin embargo, la belleza

como Leda con su cisne amante

vuelve a estar amable y confiada

de haber encontrado todos los sentidos

como la lluvia que vuela con el viento,

así de sensible empezarás el día

sintiendo los torrentes del amor

cuando la fiesta, la verdadera fiesta

crece en ti como el sol

y retumba al fondo de tus venas

cotidianas y celestes como tú en gracia

de reordenar el mundo con la mirada

justo en lo que amas

donde nada falta ni hay excesos

el otro que soy, con látigos de fuego,

te saluda,

como saludan largos filamentos de musgo

a la vertiente que surge del amanecer,

así de nimio es el mundo criado a la intemperie

y al interior de ti, un amistoso chungungo

busca sus moluscos entre las algas,

donde quiera que vayas

tu corazón de chungungo te acompaña

como se acompañan las nubes

en los nidos del cielo

y así de soplar pausado

se juntan los mundos en la punta de los dedos (67) (fragmento)





Se nombra y se dice la tierra, para dejar al hombre y a la mujer, solos y extraños en los caminos. Para declarar el extrañamiento de la tierra a los pasos de cada una, de cada uno de unos por otros, de unos sin los otros, de otros, sin nosotros. La tierra es un grito de suelo, de raíces en follajes inmensos, de vuelos en millones de alas, en cantos de aves disímiles, unidas en el temor y temblor de los vuelos a ras de suelo, de suelos, como si entre el pecho y el horizonte se nos fuera el espíritu con el que buscamos volver a mirarnos, volver a encontrarnos. Acaso, como la mano va hacia la tela, el pincel busca el respiro en los colores, para buscar las formas, líneas y dimensiones, con los que ubicar a la palabra. Tal como ya lo citamos más arriba en el poema A todo color:


… de boca a boca

el canto distintivo

de mano a mano

tejiendo el todo

con marejadas y viento

la selva

la pampa

la puna

el lago

y ese río

lejano

en la ceremonia

comunitaria

a todo color

está la vida

y la naturaleza habla … como tú con el cariño (59) (fragmento)





“Látigos de Fuego” se enciende como el mismo canto de grillo que enciende la noche más oscura entre los árboles que dejan que el viento deje sus besos en cada una de las hojas agitadas en el silencio. Látigos de fuego, es también la poesía entre las manos abrazadas, las manos moviéndose en la madrugada meciendo la masa para hacer el pan. Látigos de fuego es el vaso de vino con el que inauguramos la conversación que abre una y otra vez, la posibilidad de encender nuevos caminos, nuevas formas de ver, la misma vivencia que nos dejó mudos, boquiabiertos o cantando, cuando el sol o la luna pudieron decir cada nombre.


“Látigos de Fuego”, una obra, un colectivo, son los caminos que comenzaron a construir más espacios por los que encontrarnos en vida y poesía. Es el llamado que confiere a encontrarnos a sentir que somos palabra y que cada uno al pronunciarla puede llamar a otro o a otra, a sentir, como las llamas de un látigo de fuego encienden lo que ahora se trata de nosotros y nosotras, una ceremonia en que por la luz de lo que se descubre, podamos hablarnos en lo bello.


Tal vez lo que distingue a un poeta de un crítico es el modo en cómo se pretende entender el conocimiento y todo el aparato crítico que existe en él, para establecer algunas pinceladas sobre lo que se mira, ausculta y se termina diciendo. El trabajo del poeta es algo muy distinto a la estructuración crítica que se pueda hacer en algún conocimiento. Pero, si hay algo que pudiera relacionar el trabajo del crítico y el poeta es por el empeño de construir algo así como lo que permanece y nos ayuda a seguir en el camino. Algo como un principio, una idea o un espíritu que nos aliente a seguir buscando. Y es que poeta y crítico se encuentran en el potente eco de búsqueda de nuestro origen histórico, que es la forma de entender que nuestro presente siempre es la forma de mirar el pasado y caminar lo venidero.


Creo que hay algo de esto en “Látigos de Fuego”. Un ejercicio de volver a mirarnos en ese origen, por el que unos, unas y otros y otras puedan volver a mirarse y pervivir en lo vivido, sin desdibujar las líneas que la técnica, la ciencia o la racionalidad quisieron. El Colectivo, como su obra, son un correctivo a nuestra mirada fuera de la tierra. Como diría Vicente Huidobro, es una forma de hacernos silencio y decirnos que afuera está naciendo un árbol


 

(1) Este texto corresponde a un ensayo. Lo que se intenta con este motivo es acercarnos de un modo sensible a una experiencia de diálogo con la obra trabajada y, sobre todo, con lo que acontece en una obra desde un colectivo de arte. La obra es de muchos autores e incluso, desaparece su autor.

Con el texto, se pretende abordar desde algunas ideas de la hermenéutica filosófica, principalmente del filósofo alemán Hans-Georg Gadamer en su obra La actualidad de lo bello (1991), la obra del Colectivo Látigos de Fuego. Hay tres conceptos que se sugieren y que por no estar en la línea de significancia o bien textual del filósofo, no citamos, pues queda a la libre interpretación del autor, para sensibilizar el propio texto.


 

Referencias

Gadamer, Hans-Georg La actualidad de lo bello. Paidos: España. 1991. Impreso.

Schuster, Hans. Látigos de Fuego. Santiago-Chile: Editorial Tiempo Nuevo. 2020. Impreso. Audiovisuales recuperados de: https://www.youtube.com/@hansschusterguzman5655/featured


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