DESEOS CUMPLIDOS

Cuántas veces deseamos este panorama: quedarnos en la casa, dormir mucho, ordenar los rincones donde se acumulan todo tipo de cachivaches, retomar talentos perdidos en el fárrago de las obligaciones laborales. Compartir con la familia. Poder llenar de vida las casas tan abandonadas, casas que se habían convertido en dormitorios. Dedicarnos a los amores lejanos y cercanos. Pues se ha cumplido ese anhelo. Aquí estamos, con mucho tiempo a nuestra disposición, y el mandato de suspender la dinámica medio desesperada por producir y consumir en la que nos movíamos cada día.

Tantos soñando al mismo tiempo es enorme energía desencadenada. Me he acordado del cuento “La Pata del Mono” de W.W. Jacobs (¡un humorista inglés!) donde los anhelos de los personajes se realizaban pero con trágicas consecuencias. Y también me acuerdo de las palabras de mis mayores, los antiguos que decían que tras cada momento de felicidad venía una desgracia y nos miraban con reprobación si nos reíamos muy fuerte como si fuéramos a despertar fuerzas oscuras. Fuimos educados en el soñar limitado, con precauciones, con miedos que se despiertan apretando cualquier tecla en el tablero.

Resulta que no nos sirve ese adiestramiento ahora que nos enfrentamos a un organismo minúsculo, que no se ve. Aunque cada vez estaba más claro que no queríamos seguir viviendo en la trampa de la codicia, que es otra cara del deseo, no es tan evidente el cambio revolucionario que se plantea desde diferentes tribunas. La recuperación de una vida interior, el sumergirse en el silencio para reflexionar son caminos difíciles que no todos están dispuestos a explorar. Más bien el aturdimiento persiste con los aparatos prendidos a toda hora, el ruido informativo es más intenso que hasta hace dos meses, las redes sociales se han llenado de juegos absurdos y no de las conversaciones pendientes, amables y profundas que planeábamos para “cuando tuviéramos tiempo”

Este bicho coronado ha transparentado muchos males de nuestra sociedad. Lo primero, el tema de la desigualdad que se manifiesta en forma alarmante en el sistema de salud: mientras unos viajan en aviones de la Fach a clínicas privadas en Santiago, diagnosticados y resguardados, hay otros que esperan demasiado el test y mueren sin atención. Son casos extremos, sí. Pero ocurren e ilustran lo que pasa en una sociedad profundamente escindida. No es cierto que falten recursos, lo que pasa es que están concentrados en unas pocas manos privadas. Hace un par de años conocí un condominio de casas / palacios en el litoral central, todas vacías porque sus dueños las construyeron para “descansar” pero prefieren salir de vacaciones al extranjero. Y esto al lado de caletas de pescadores que luchan cada día por sobrevivir.

En el espacio local, el virus ha dejado al descubierto el antiguo dron de la vigilancia vecinal. El costado perverso de nuestro pueblo, que a veces encontré amable porque mostraba preocupación por el otro y era una defensa férrea contra el desborde. Pero ahora los vecinos que murmuran tienen más medios con los cuales esparcir noticias y sospechas, juicios de valor y sanciones posibles; una comunidad pequeña, todos se conocen y saben quiénes están marcados y suponen cómo se contagió y lo que habría qué hacer para expulsarlos del reino.

Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas, escribió Santa Teresa. En medio de este difuso logro de quedarnos en casa, cultivamos ahora otro deseo: esperamos salir mejores. La sociedad en que vivíamos estaba obsesionada con el apetito por todos los bienes del mundo, querríamos pensar que el encierro nos hará más generosos, conscientes de los demás, valientes y lúcidos como para dirigir toda esa fuerza interior hacia un porvenir menos injusto.

Hay gestos que iluminan. Los pescadores chilotes, dentro de toda su incertidumbre, acaban de regalar toneladas de mariscos para los que necesitan más que ellos; hace un par de días, se llamaba a los vecinos para que vayan a la calle González Canessa donde un grupo de hombre de mar regalaba piures. Hay que juntar y bordar estos recortes con el tiempo largo que tenemos y armar un tapiz de sueño colectivo, a ver si nos atrevemos.

En el orden natural nos toca renacer, pienso, armar otras ciudades.

A ver si somos como las cigarras macho en el poema de Cardenal que cantan y cantan o como los patos que vuelan porque tienen que hacerlo. O, como el zarapito de pico recto que salió hace 6 días desde Chiloé y acaba de aterrizar en el norte de Kansas, volando cerca de 9.350 kms. Sin parar. Sin miedo. Una empresa que parecía imposible.



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