GALEANO Y YO

Sirio López Velasco


[El incidente que dio origen a esta narrativa ocurrió en 2015, un mes antes de la muerte de Galeano; entonces había decidido mantener estas líneas inéditas]

En el salón de desayunos de un Hotel de la frontera Brasil-Uruguay mi esposa se levantó para servirse un poco más de café, y el hombre se acercó con una sonrisa tímida en los labios.

- Disculpe, ¿Usted es Galeano?

Pensé en las pocas veces que mi vida se había cruzado muy indirectamente con la de Galeano. Primero fue el comentario de un compañero en uno de los campamentos que el MLN había organizado en Chile, sacando a gente del Uruguay para que no cayera en las garras de la dictadura; no sé cómo salió a relucir el nombre de Galeano y el compañero en cuestión dijo con voz y gesto firme que no pasaba de un burgués, porque lo habían visto pedir en el avión de Cubana un whisky. Después fue la sorpresa del compañero periférico que en el exilio de Bélgica resultó ser, según se decía, el ladrón de la mujer de Galeano, lo que le valió a éste una sonora depresión; me acuerdo de haber pensado que las mujeres son realmente incomprensibles, pues aquél personaje de Leuven era un balín, adolescente pasado de edad, que curtía un bulín con un cartel de Stop colgado de la pared. Un poco más tarde el viejo Fernando (al que conocía desde Cuba por su labor en la Seguridad del MLN y por haber compartido con él tareas en el Regional), antiguo amigo de Galeano, terminó de escribir sus recuerdos de infancia en la lejana Paso de los Toros, y me mostró el manuscrito; le hice comentarios elogiosos y Fernando me dijo que iría a España para entregarle una copia a Galeano, explorando la posibilidad de que lo ayudase a publicarlo; Fernando volvió de España diciendo que Galeano se hospedaba en una hermosa casa de playa, pagada por la editorial que esperaba su próximo libro, y que le había sugerido dejar madurar su texto, sin darle ningún plazo de revisión ni ninguna otra esperanza.

El hombre percibió mi mirada perdida y volvió a la carga.

- Su voz es igual, y su físico es el de Galeano.

La voz de Galeano siempre me pareció muy aburrida, aunque soy consciente de que la mayoría de mis clases, eternamente expositivas, no deben serlo menos; tampoco me gusta el tono de telenovela pegajosa que adopta Galeano cuando se prepara a decir algo que juzga trascendente, y creo que en eso no le sigo la corriente. En lo que respecta al físico, confirmé la sospecha de que debo lucir bastante viejo. Pensé si podría darme el lujo de jugar con un “sí”, e imaginé las posibles futuras preguntas. Si el hombre preguntase sobre el contenido de mi próximo libro podría decirle que estaba madurando la idea de varios relatos que girarían en torno a confusiones de identidad; y ya había decidido que en uno de ellos un ingenuo turista en París se metería en rocambolescos líos después de acercarse en un café a un hombre de bigotes y pelo encaracolado para preguntarle si era García Márquez, cuando de hecho se trataba de un jefe del tráfico mexicano. Claro que con esa respuesta el hombre podría darse cuenta de que le estaba tomando el pelo. Pero quizá me preguntase sobre por qué en mis últimos libros había retomado incesantemente el modelo de los pequeños relatos ejemplarizantes, sacados de diversas fuentes. Entonces tendría que confesarle que esa era la receta menos trabajosa para un escritor comprometido, aunque podría maquillar la confesión haciendo notar que con ese procedimiento rescataba la muy olvidada historia precolombina. Quizá el hombre me pidiera mi opinión sobre los Gobiernos frenteamplistas. Le aclararía que responder a esa pregunta me obligaría a un largo flashback; le contaría algo de la apasionada expectativa de Quijano por un socialismo latinoamericano, en especial después de que el Che le había respondido a una misiva nada menos que con el clásico “El socialismo y el hombre en Cuba”; más tarde vinieron las travesuras de Sendic generando polémica dentro del viejo Partido Socialista frugoniano, para luego pasar a la clandestinidad y fundar el MLN-Tupamaros; poco más tarde vino mi arrepentimiento por no haber ocupado un lugar de primera fila, como lo había hecho Benedetti, en el Movimiento 26 de Marzo, creado por el MLN para nuclear a la amplia red de simpatizantes, que había concitado con su acción armada blanda; y le recordaría que el arrepentimiento tuvo poco tiempo de uso, pues muy pronto llegaría el Golpe de Estado, informal primero, y con todas las de la antiley después, y la necesidad de partir al exilio; le hablaría entonces de cómo Benedetti había criticado muy apropiadamente a los exilados que se negaban a deshacer las valijas, esperando un inminente retorno, y le precisaría que no fui uno de ellos, y que a pesar de que me dolía el paisito, nada tuve que reclamarle a las mudanzas indeseadas, pues la vida que me regalaron nunca dispensó el confort; pero aún en él no cejábamos de reclamarlo para todos los uruguayos, e imaginábamos que eso sería posible con la llegada de la izquierda al Gobierno; le rememoraría el fortalecimiento de esa esperanza tras el primer triunfo del Frente Amplio en Montevideo, y que se había multiplicado con la llegada de Vázquez al Gobierno Nacional; entonces, concluiría, si se disminuyeron significativamente los índices de miseria y pobreza, en el país seguían mandando los latifundios (ahora con mucha presencia de multinacionales) y la misma rosca oligárquica de la Banca y los negocios, por lo que después de dos Gobiernos frenteamplistas tenía el derecho de preguntarme si era para eso que había muerto y/o sido torturada tanta gente valiosa. Sólo entonces se me ocurrió que quizá el hombre tuviera una seria deuda que cobrarle a Galeano. Así, ante mi respuesta positiva podría extraer de entre sus ropas un arma (como se decía en los viejos y buenos partes policiales) y darme allí mismo un par de balazos, al grito de “Tomá, comunista hijo de puta!”, o, simplemente, “Tomá, por la mujer que me quitaste, con tu podrida labia!” O más pacíficamente el hombre me recordaría que cuando abandoné Uruguay a toda carrera (buen juego de palabras, pues en aquél tiempo se cruzaba a Buenos Aires en el vapor de ese nombre), me había olvidado de pagarle a su madre viuda los últimos alquileres, y que, si no fuera molestia, ahora que sin duda mi cuenta bancaria lo permitía, sería hora de cancelar aquella deuda.

También podía ser que el hombre tuviera meras intenciones literarias, y sacase del portafolios que dejó apoyado en su silla un manojo de papeles, para pedirme por favor que cuando pudiera revisara aquel tímido manuscrito y le diera mi parecer a través del e-mail que él me daría en el acto. O podía ser un cinéfilo interesado en conocer mi opinión acerca de si “Cincuenta tonos de gris” correspondía bien al libro, esos bodrios que sin leer ni ver me llevarían a responder con el sabio “no lo leí ni lo vi, y no me gustó”. Pudiera ser que el hombre se limitase a preguntarme por mi frase favorita, a lo que sin duda respondería con la poco conocida “los uruguayos son un pueblo de anarquistas conservadores”, no sólo por la belleza de la figura literaria que asocia dos supuestos opuestos, sino porque me parece la más pura verdad: todos nos manifestamos a favor de los cambios, pero en el momento en el que se mueve una paja, llueven las dudas y los cuestionamientos. Por último estaba la obvia posibilidad de que se tratase de un mero cazador de autógrafos, y de que me alcanzase una servilleta cualquiera para que le estampase mi firma.

El hombre empezó a impacientarse, haciendo un gesto incomprensible con la mano derecha, como si dibujase mi rostro. Constaté que estaba acompañado por una mujer y por otra pareja, que desde la mesa contigua también estaban pendientes de la escena.

- No, dije con voz suave, no soy Galeano; y para que el hombre no se sintiera ridículo agregué que una alumna ya me había hecho notar el parecido de mi voz con la del escritor.

El hombre dio un paso atrás hacia la mesa de sus acompañantes y sin quitarme los ojos de encima aún musitaba: “es igual a Galeano”.

Mi esposa volvió con su café y le comenté en voz baja que el señor había juzgado que mi voz era igual a la de Galeano. Desde la mesa de al lado el hombre tronó: “no, y no sólo la voz, sino también el físico”.

Confirmé entonces por enésima vez lo que ya sabíamos desde los tiempos de la clandestinidad: es muy peligroso hablar en los cafés…



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