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LA CARTA DE ISABEL DE VELASCO

Sirio López Velasco (lopesirio@hotmail.com)

A l@s Velasco -


Estaba decidido. No podía seguir ocultándole al mundo esta joya, por una mera cuestión de egoísmo y orgullo familiar. Mañana mismo la enviaré por Correo Expreso al Consulado español más cercano. Todo comenzó hace dieciocho años cuando mi esposa fue a Madrid a cursar su doctorado y yo aproveché la ocasión para acompañarla y desarrollar durante un año mi primera investigación posdoctoral en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. No hacía ni una semana que estábamos allí cuando descubrimos en una Guía de atracciones turísticas madrileñas el Torrejón de Velasco. De inmediato lo consideré como posesión de mi familia. Marcamos el próximo domingo para visitarlo, y nuestra decisión quedó en entredicho pues el sábado llovió copiosamente y sopló un viento huracanado, como nunca más habríamos de ver durante nuestra estadía. Pero el domingo amaneció con el acostumbrado cielo capitalino, celeste y despojado de toda nube. Como pudimos nos arrimamos en ómnibus hasta la sede del Municipio. Y por último y ante la duda de qué dirección seguir, tomamos un taxi que nos dejó al pie de la derruida torre solitaria. Viendo su triste estado combinamos con el taxista que pasara a buscarnos nuevamente a las dos horas. Mientras se alejaba constatamos que el tránsito en la carretera muy cercana era tan intenso que producía una cierta vibración. Un cartel anunciaba el próximo inicio de trabajos de restauración. Buscamos la puerta de entrada y descubrimos un portón de hierro de mediano porte que estaba trancado apenas por un alambre. Sin dificultad lo desatamos y penetramos al interior del recinto. Muchos bloques de piedra yacían esparcidos aquí y allí, caídos desde la mole trunca, que me hizo recordar un cuadro que había visto hacía años, alusivo a la Torre de Babel. Para nuestro desconsuelo el interior del Torrejón se mostraba completamente vacío y la construcción había perdido su techo. De pronto, de la carretera llegó una vibración mayor y dos grandes bloques se deprendieron al unísono desde unos diez metros de altura. Cayeron no muy lejos de donde estábamos parados. Los miramos con cierto susto y de inmediato mi esposa me avisó que al lado de uno de ellos había algo.


Se acercó mirando hacia arriba para certificarse de que ningún otro bloque le caería encima y recogió del piso un pequeño bulto. Rápidamente volvió hacia mí y nos pusimos a salvo ocupando el centro del recinto. Mi esposa tenía en manos un estuche un poco más voluminoso que el que se usa para guardar un puro. Era aparentemente de metal, forrado con un cuero duro como piedra. Lo tomé en mis manos y me costó algo abrirlo, pues los pequeños goznes estaban muy herrumbrados. Pero al fin cedió y apareció un rollito de cuero amarrado con un lazo de igual material. Abrimos el rollo y emergió un manuscrito, también cuidadosamente enrollado. Desconfiados de que alguien más entrara de pronto al recinto convinimos en guardar el precioso hallazgo para leerlo cuando estuviéramos solos en nuestra residencia. Guardé el estuche en un profundo bolsillo interior de mi abrigo. Y, roídos por la curiosidad, hicimos varias veces el perímetro interno del Torrejón, para ver si algo más se nos ofrecía a la vista. Nada más apareció. Salimos de la torre y volvimos a trancar su portón con el alambre que lo cerraba. Dimos algunas vueltas alrededor de la mole y nos alejamos para ver algo de sus alrededores, gastando lo restante de las dos horas de plazo que le habíamos dado al taxista. Vino con algunos minutos de adelanto. Frente al Ayuntamiento del Municipio tomamos el primer ómnibus de la vuelta, y durante todo el viaje no cesamos de especular en voz baja acerca del autor y del contenido de aquel escrito. Inmediatamente después de que cruzamos la puerta del apartamento extraje de mi abrigo el estuche y mi esposa desplegó con sumo cuidado el manuscrito sobre la mesa del comedor. Tuvo que sujetarlo con las manos, pues insistía en cerrarse una y otra vez. Entonces vimos el contenido que por primera vez traduzco aquí a nuestro modo de hablar uruguayo, ahorrándole al lector las dificultades de las palabras abreviadas o ya sin uso, de las “eses” que parecen “efes”, y de giros de estilo difíciles de entender en los días que corren. La letra tenía un inconfundible trazo infantil y por veces aparecía temblorosa; señal de alguien que no debía escribir muy a menudo y/o que estaría bajo el efecto de una fuerte emoción. Y el escrito decía lo que sigue:


“Mi muy querida E. Como sabes hace una semana Don Velázquez terminó el cuadro cuya figura central es la Infanta Margarita, ladeada por María Agustina y por mí. Ese día tuve dos grandes alegrías. Esa, porque no soportaba más posar largas horas en aquel aposento gélido y umbrío del Alcázar, y teniendo que aguantar las charlas interminables de Doña Marcela, que tan bien supo captar el pintor. Y en segundo lugar porque ese mismo día me había pedido en casamiento el hijo del Caballero de Santiago que conoces. Pero esas dos alegrías se empañaron de inmediato con una gran tristeza y vergüenza, que sólo a ti paso a relatar y que pido que no cuentes a nadie más. Sucedió que cuando Don Velázquez terminaba el cuadro se aparecieron el Rey y la Reina y ambos nos felicitaron a todos los presentes por lo bien que habíamos quedado retratados y de inmediato, llevándome aparte, el Rey me dijo que poco después pasaría a verme en mis aposentos. Me imaginé que querría hablar conmigo acerca de la propuesta de casamiento que había recibido, y lo esperé sola e impaciente en mi habitación. Poco después llegó y cuando le anuncié el pedido de casamiento me dijo con voz seca que eso se hablaría en otra oportunidad. Y para mi sorpresa e inconmensurable vergüenza, de inmediato me pidió que me desnudara en su presencia. Cuando instintivamente me negué, apartándome y sacudiendo la cabeza, se acercó sonriente y me dijo que no temiera por mi virtud. Y empezó él mismo a quitarme la ropa que llevaba puesta. Yo empecé a sollozar y le pedía que detuviera su acción. Pero él prosiguió hasta que quedé completamente desnuda en presencia de aquel anciano de 51 años a quien acompañaba la fama de tener decenas de hijos bastardos.


Entonces él extrajo de entre sus ropas un pincel y, pidiéndome que me pusiera en la misma pose que había hecho para Velázquez, me pasó larga y detenidamente el pincel por todo el cuerpo. Comenzó por mi rostro y fue bajando hasta mis partes íntimas y mis piernas, hasta los pies. Y mientras lo hacía me murmuraba que me quería sólo para él y que cualquier casamiento estaba descartado. Sólo en ese momento reaccioné desde mi asombro y vergüenza y casi le grité que si aquello volvía a ocurrir otra vez, aunque más no fuera que para aquella escena de falsa pintura, yo terminaría con mis días. Él pareció ignorar mis palabras y tras hacer nuevamente el recorrido de todo mi cuerpo, esta vez de abajo hacia arriba, me ordenó que me vistiera. Y sin decir más palabra guardó entre sus ropas el pincel y se retiró. Yo temblaba con todo el cuerpo y casi no podía vestirme. Al fin logré hacerlo y abandoné la habitación para reintegrarme a mis labores, como si nada hubiera pasado. Repito que te imploro que no digas nada de esto a nadie. Tuya con eterna amistad I. de V.”.


Mi esposa y yo nos miramos y concluimos que era evidente que tres años después el Rey había vuelto a las andadas y que Isabel de Velasco se había suicidado. Hoy reafirmamos nuestra convicción y creemos que ese relato constituye un elemento clave para explicar el misterio del por qué, siendo uno de los personajes centrales de una de las pinturas más conocidas y comentadas de la Historia, ésta nada registra de la corta vida de Isabel, a no ser su nombre y el de sus padres, su lugar de nacimiento, y el año de su muerte (faltándonos incluso el de su venida al mundo, y, ¡oh casualidad!, también la causa de su temprano fallecimiento).


(Imagen: "Las Meninas", Diego Velázquez)

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