LLORAR LLANTO LLUVIA
- Miguel Angel Herrera Castillo
- hace 2 días
- 7 min de lectura
Escrito por Miguel Herrera
Llorar Llanto Lluvia
“Me puse a llorar.
El llanto vino desde dentro como si estallara un rayo cerca.
No podía ver el rayo pero sí sentir cómo el sonido del trueno me sacudía.”
El brujo. Bisama.
De pronto me inunda una profunda necesidad de explotar y dejar correr los ríos que habitan este cuerpo. Últimamente he pensado en cuando dejó para mí de ser importante aquello de no soltar las emociones con furia. Quizás fui tan elocuente en los años anteriores que el llanto era una cuestión inexistente al parecer y por esos años no digna de una masculinidad socialmente aceptada y respetada. En algún momento el llanto perdió importancia, no porque no estuviera sino porque ya no se detenía, no importaba si sucedía en el metro camino al trabajo, en las horas muertas de la tarde cuando la memoria nos hace zancadillas o en una absurda reunión cualquiera.
Racionalizar las cosas no sirve de nada, las lágrimas no pasan por el cerebro y al parecer la razón siempre acepta o busca un consuelo sin importar su nihilismo. La razón se somete al dolor como un esclavo a su amo y las lágrimas al ser de oro no son de nadie. Llorar como un lujo que nos damos en la intimidad, llorar porque no aceptamos las circunstancias pero la evidente limitación humana nos sobrepasa hasta volvernos inútiles e impotentes. Llorar para lavarse la cara y retomar los días de furia que antecedieron al error, volver al ruedo con los muertos al hombro y llorar por las noches de cansancio, agradeciendo poder llorar y no seguir viviendo como una piedra fría e inamovible. Llorar con furia inquieta y maldita de saberse herederos de un duelo interminable de muertos y desencuentros ¿a dónde vas?¿por qué no me invitas?¿porque me dejas solo en estos inviernos fríos? Llorar fuera de los protocolos, mirándose a un espejo mientras te muerdes los labios para no alertar a nadie y queriendo destrozarlo todo, llorar imaginando cada segundo de venganza posible, llorar sin importancia y dejar que el cuerpo lance al mar los sedimentos de sus ríos.
Derramar lágrimas, manar de los ojos un líquido, destilar savia, sentir vivamente algo, encarecer lástimas, adversidades o necesidades, especialmente cuando se hace importuna o interesadamente. Llorar se dice de todas estas maneras ¿no me cree? no lo haga, quien soy yo para pedir credulidad. Enmudecer de llanto, sentir una bomba saltando en el pecho deseosa de hacer volar el cielo con todos sus ángeles. Llorar a raja pará, a moco tendido, a la que te criaste mierda. No sigas, cambiemos de tema, más adelante será distinto y todos sabemos lo falso del enunciado pero lo aceptamos como un mantra que se repite una y otra vez.
Llorar hijo, nos está haciendo formar un carácter de seres mortales, conscientes de que toda carne se acaba, me dijo mi padre una madrugada borracho. Su cuerpo lánguido y triste nunca dejó correr sus propios ríos y ellos se fueron con su cuerpo. Llorar la alegría de la vida, llorar sonriendo y sabiendo que acabará pronto. Llorar la vida sin importar la mirada del otro, las normas sociales, la rotación de la tierra, el interés simple y compuesto, el mínimo común múltiplo o el imperativo categórico. Llorar lavando los platos u odiando tu puesto de trabajo, llorar pequeños círculos de cielo mientras las letras revolotean como las serpientes de medusa. Llorar frente a la burla ignorante y prepotente lleno de ira y pequeñas luces de aceptación.
Llorar jugando con trenes de juguete junto a Oliverio, haciendo una pataleta a la muerte. Llorar con ese verso que sin darte cuenta atravesó hasta el último respiro de un momento. Llorar para calmarse, para aliviar el dolor, para dormir tranquilo y soñar con los angelitos. Llorar, darnos permiso para llorar, permitirnos cruzar el río del dolor y la pasión, intentar abrir los ojos bajo el agua, saber que la luz del sol encandila al mirarlo de frente. Llorar de rodillas a los pies de la estatua mientras esparces las cenizas del futuro. Al parecer necesitamos excusas poéticas para permitirnos llorar. La razón no nos quiere ver caer, ni débiles ni moribundos.
Llorar es la explosión de las emociones en un estruendo físico. Esa fue la conclusión a la que llegamos después de una conversación con mi hijo, mientras caminábamos hacia el colegio. El me dice que uno de sus compañeros hace show cada vez que quiere conseguir algo porque una vez lo había invitado a seguir jugando a la pelota y cuando levantó la cabeza del niño, él solo hacía ruidos similares a un llanto pero de sus ojos no caían lágrimas ni demostraban excitación alguna por volverse de agua. El llanto se puede simular y disimular como la madre que llora silenciosamente a los pies de la llave del lavaplatos o como el cínico que llora por olvido o por interés.
¿Existe algo así como la historia del llanto o una geografía de la lágrima?
Para un bebé, llorar es comunicarse para satisfacer sus necesidades básicas de sobrevivencia. El bebé y el cachorro lloran para no morir, para que no los dejen morir. El llanto es lenguaje, es expresión sin palabras. Cuando era niño y estaba lejos de mis padres a veces lloraba extrañando esa seguridad que me produce su compañía, pero al pasar el tiempo, al parecer, las palabras y la razón se tornan más importantes. En el bebé podemos comprender su llanto, despierta nuestras alarmas incluso más allá del círculo familiar. Hay que saber o adivinar o intuir por qué llora el bebé para que deje de hacerlo. El llanto como expresión de una necesidad, de una falta de algo, expresar sin palabras algo que quizás aún la palabra no logra transmitir ¿se puede pasar por la adultez manteniendo algo de esa expresión sin palabra? ¿Es la palabra la forma indicada para revelarnos los secretos de las lágrimas?
Hay momentos en donde la lectura de algo, en algún lugar, escuchado en algún rincón, secreteado en papeles que parecen esquelas infantiles, dicen verdades que la lógica no puede digerir. Llorar es un acto fuera de la razón, está conectado con el instinto de querer vivir para posteriormente trasladarse a las antípodas de la expresión socialmente válida. Llorar es de débiles y de niñitas se escucha decir en las bocas de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas ¿si ya sabe decir lo que quiere, para qué llora? se escucha murmurar a las señoras que barren la vereda ¿solo por saber leer, escribir y hablar, ya sabes reconocer y expresar tus necesidades y ausencias? no somos almanaques caminando por las avenidas principales para saberlo todo, más aún si nunca nadie antes siquiera nos lo hubiese mostrado por acción, omisión o desfachatez.
Y uno se encuentra con el llanto, lo mira de frente y le hace preguntas que se diluyen en el vaho cristalino de las lágrimas evaporándose. Le pregunté a Oliverio sobre el tema y me dijo:
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo…
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Y uno, obediente seguidor de las huestes poéticas llora de esta forma, creyendo que así se hace, que así es. Dejando libre a la tormenta para que riegue las semillas ocultas entre el dolor. Pasando por encima de toda censura absurda, de toda convención hipócrita, de toda dureza supuestamente masculina. Llorar para regar este texto de la pasión que logran abrigar estas palabras. Llorar para compartir el llanto, para que no se ahogue en un pozo profundo y oscuro. Llorar para que el agua siga corriendo hacia los mares, para desintoxicar el cuerpo de esa mentira acostumbrada que llaman normalidad.
Prefiero sentir que el llanto es un río subterráneo que recorre los territorios del cuerpo desde los pies hasta la desembocadura de los ojos. Un río subterráneo que arrastra los sedimentos del dolor que va dejando la experiencia y que a la vez alimenta con limo de sabiduría y calma las reflexiones destempladas de medianoche. Un río que se alimenta de las lluvias de los inviernos, de las soledades no buscadas, de las amistades mal nombradas, de las espaldas vistas a través del tiempo. Un río que desemboca en las playas de los párpados tristes, bajo el cielo de unos ojos perdidos en el horizonte. El llanto como la lluvia y la lluvia como el llanto, mirar las nubes negras de tormenta acercarse a la distancia, internarse en el carnaval de gotas de lluvia y viento que brama como sollozo de la tierra.
Soy un hombre. Soy un hombre que llora. Soy un hombre que llora a la última de sus anteriores. Soy un niño. Soy un niño que llora. Soy un niño que llora por la ausencia de sus padres. Soy un estudiante. Soy un estudiante que llora. Soy un estudiante que llora por las injusticias de los técnicos de la educación. Soy un joven. Soy un joven que llora. Soy un joven que llora por su completa ignorancia. Soy un joven que llora por su completa ignorancia en las artes del amor. Soy algo. Soy algo que se hizo por osmosis. Soy algo que se hizo por osmosis abusando de las opciones de una sociedad hipócrita. Soy algo que se hizo por osmosis abusando de las opciones de una sociedad hipócrita y obediente. Soy un asistente a la despedida de los otros y comienza a llover como llanto de dioses, el reloj marca pasadas las 4 am y conversamos sobre la muerte, una lagrima cae de la cara del deudo al unísono de las gotas de lluvia. Al amanecer llueve, tomo mi bicicleta y viajo hacia mi domicilio, en el trayecto me acordé de ella y de su risa destemplada que soñaba con ver a los pobres en el poder, menos mal que estaba lloviendo así no se notaba que todo el camino lo hice llorando.
Siempre está lloviendo dentro de mi. Que nunca se detenga el río inmenso que abandona los pesares y suaviza la soledad, ya que basta una gota de lluvia en los cristales de mis anteojos para desatar tormentas dentro de mi frágil resistencia. Porque en cada ofrenda dejada a los pies de una lápida algo de mi ser se va en esos pozos y algo de esos cuerpos muertos se queda conmigo, cambia mis hábitos y me ayuda a caminar sin desmoronarme, como un muro impotente ante los saltos telúricos de la naturaleza.
Acaba el día y estoy lejos, quizás no físicamente, quizás mi espíritu se va de a poco con cada uno de ellos y quizás por eso no estoy solo, porque mientras las parras lloren, hay que beber de sus lágrimas.





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