UN POCO DE TACTO...

Nelson Rodríguez Arratia


Como si apenas ayer, el trabajo se forjaba extenuante en la multiplicación de las horas, en el olvido de las mismas, en el olvido de los otros, en nuestro propio olvido y sobre todo eso, en nuestro propio olvido. Las horas de la vorágine por el choque de los ríos en un mundo, por el choque de los mundos en nuestro propio río. Son las horas en que el cuerpo no resiste y sólo se alienta desde su propio cansancio y soledad.

Pareciera contradictorio que en un mundo en el que la fricción y roces de los cuerpos son nuestra rutina, no descubre el cuerpo un cotidiano de encuentros, de miradas, de abrazos, de caricias o algún espacio en el que sea posible la pregunta que nos devuelve un pálpito, un respiro, un sueño, una lágrima o una sonrisa. Lo de contradictorio, puedes ser ingenuo, si se miran los cuerpos en el ritmo neoliberal o de los cuerpos cansados.

Y ahora, en el encierro, en el confinamiento o en el cuidado de no infectarse; en el espacio que parecía el propio del encuentro, del que hasta hace pocos días, era el dormitorio o la reposadera de los días para el olvido, no podemos tocarnos. Es la hora del encierro y ver cómo aparecen nuestras miserias sembradas por los olvidos. Las miserias de los miserables, que protegen lo suyo por con lo que otros no tienen.

Y del no poder tocarnos, sentir la necesidad de volver a mirarnos, sentir la necesidad de sentirnos. Y del no poder tocarnos, saber que puedo mirarte y decir te quiero. Un poco de tacto. Para tocarte. Un poco de tacto y, ser tocado. Un poco de tacto, para sentir todo lo vivido, lo hecho y lo que resta por… Un poco de tacto, para lo que venidero.



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